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“Los argentinos y la propensión al consumo”

Un indicador de felicidad, en términos contemporáneos, lo da la capacidad de comprar bienes y servicios. “Consumo, luego existo”, sintetiza el ideal existencial de época.

Según el sociólogo Zygmunt Bauman, consumidores por un lado, y objetos de consumo por otro, son los polos de un continuo a lo largo del cual se distribuyen y se mueven a diario todos los miembros de la sociedad.

La ideología de la felicidad, asociada a la cultura del consumo, refleja el ideario de la clase media, cuya inclinación al bienestar material la convierte en la más progresista de la pirámide social.

Es el sector más dinámico, ambicioso y consumista de cualquier sociedad. Y esto no es la excepción en Argentina, donde 9 de cada 10 habitantes se identifican con el estilo de vida este estrato social.

Hay sectores sociales que no son de clase media -porque su nivel de ingreso mensual promedio se sitúa por debajo de los 6.000 pesos- pero aspiran a serlo y tienen sus mismas expectativas.

La propensión a consumir, y en niveles cada vez más exigentes, es el rasgo central de los sectores medios. Cuando se produce un freno en las compras, las economías se resienten.

Esto se echa de ver hoy mismo en Europa, donde el malhumor social no está vinculado a una percepción negativa sobre la marcha del mundo -como creen ver algunos idealistas- sino a las privaciones monetarias de la clase media.

Las victorias electorales, al menos en Argentina, tienen estrecha relación con halagar las demandas materiales de este sector. El “déme dos” en los ‘90, por caso, era la base de sustentación del menemismo.

Guillermo Oliveto, especialista en tendencias sociales y de consumo, razonó el año pasado que es aquí donde ha residido el triunfo político del kirchnerismo.

En la última década la economía recreó un círculo virtuoso que potenció el consumo. Dicho círculo responde a estos elementos: “Si hay empleo, hay salario. Si hay salario, hay consumo. Si hay consumo se puede pensar en una vida un poco menos signada por la angustia de la falta y con algo más de espacio para el disfrute y el proyecto”, analizó Oliveto.

De hecho la propia presidenta Cristina Kirchner suele decir que lo que hay en Argentina es un modelo de consumo. Ergo: el consumidor llenando su carrito, una figura despreciable para la izquierda contestataria que veía en ella la última alienación del capitalismo, se ha convertido hoy en categoría humana deseable por la política del Estado.

Concatenado con esto, algunos analistas han querido ver detrás de los cacerolazos de estos días en el país, un signo inequívoco de que algo no funciona en la economía real de los sectores medios argentinos (Carlos Marx postulaba que la estructura económica determina la superestructura ideológica).

La conducta de consumo de la clase media argentina ha variado en la última década, según dicen los analistas del mercado. No se desvive por ahorrar, como en el pasado, porque está lejos de poder acceder a un crédito hipotecario.

En lugar de ello, prefiere un buen auto o adquirir bienes de consumo, como electrodomésticos. Lo hace financiándose en cuotas, aprovechando las ofertas que brindan los bancos, las tarjetas de crédito, los supermercados y hasta los cupones de descuento que se consiguen en Internet.

Se diría que los argentinos de clase media privilegian el consumo y miran el corto plazo. Sus miembros ya no sienten vergüenza en ir tras las promociones, algo que no ocurría en el pasado.

El hedonismo de esta clase, que busca gratificarse en el consumo, y que cifra allí su felicidad, marca la tónica ética de la sociedad argentina.

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“Consumir más es el camino a la inclusión”

"Consumir más es el camino a la inclusión"

“El consumismo puede promover la uniformidad, pero también es un poderoso diferenciador. La incapacidad de consumir es una receta segura para la exclusión. Quienes no pueden consumir son vistos como personas que no merecen cuidado y asistencia. Entonces, consumir más es el único camino hacia la inclusión social.” La afirmación es del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, un reconocido ensayista que conoce bien el drama de la exclusión.

En una extensa conversación telefónica con LA NACION desde Inglaterra, Bauman habla, sobre todo, de lo frágiles que se han vuelto los lazos entre los seres humanos.

-¿Qué ocurre en la actualidad con los no consumidores, los muchos que no tienen recursos para consumir?

-La sociedad contemporánea integra a sus miembros, fundamentalmente, como consumidores. Para ser reconocidos, hay que responder a las tentaciones del mercado. Todas éstas son cosas que los pobres -gente que no tiene ingresos decentes, tarjetas de crédito ni perspectivas de un futuro mejor- no están en condiciones de hacer. Entonces, son vistos como inútiles, porque los miembros “decentes” y “normales” de la sociedad, los consumidores, no quieren nada de ellos. Nadie los necesita. Estas sociedades del consumo estarían mucho mejor si los pobres simplemente quemaran sus carpas, se dejaran quemar con ellas o se fueran. Lamentablemente, estos deseos ocultos no hacen más que empeorar las cosas. El resentimiento resultante es más agudo y el deseo de venganza, todavía más violento.

-Entonces, ¿la tendencia al consumo nos deshumaniza?

-Cada vez más tendemos a pensarnos, a apreciarnos o degradarnos sobre la base del patrón de los productos del mercado. Ir de compras y consumir significa, hoy en día, invertir individualmente en la propia membresía social. El consumo es inversión en la autoestima individual.

-¿Tratamos a los seres humanos como objetos de consumo?

-Los habitantes del mundo de consumidores perciben el mundo como un enorme contenedor de piezas de repuesto. Ya no se espera que nadie se conforme con lo que tiene y con lo que es. Si alguna pieza de los instrumentos utilizados a diario, de la red de contactos humanos o del propio cuerpo pierde su encanto, se la extirpa y se la reemplaza por otras piezas de repuesto, nuevas o mejoradas. Los consumidores son entrenados desde el nacimiento. La mentalidad de desechar se ha convertido en el objetivo principal de la educación a la que las empresas someten a sus futuros clientes desde muy temprana edad.

-¿Cómo se encaran hoy las relaciones de pareja?

-Si el objeto de amor buscado no alcanza un puntaje, el futuro “comprador” debe abstenerse de adquirirlo, tal como lo haría en el caso de todos los demás bienes en oferta. Si llega a descubrirse una falla luego de la “adquisición”, el objeto de amor fallado, al igual que todos los otros bienes del mercado, debe ser descartado y reemplazado. Esto se ve, por ejemplo, en quienes buscan una pareja ideal por Internet. Seleccionan a una persona en una página de citas, como si fuera un corte en el mostrador de la carnicería. Pero el amor no es algo que pueda ser simplemente encontrado . Debe ser constantemente resucitado, reafirmado, atendido y cuidado. La creciente fragilidad de los lazos humanos tiene como resultado la escasa popularidad de los compromisos de largo plazo y el vaciamiento de todo deber excepto de aquellas obligaciones para con uno mismo. El amor tiende a ser visto o como perfecto desde el principio o como fallido. No se puede esperar que un amor así sobreviva siquiera a la primera pelea. Mucho menos, a los primeros desacuerdos y enfrentamientos serios…

Les obsequio un video que refuerza el concepto de Bauman…

Emiliano Schwartz


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Emiliano Schwartz

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