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“Los nuevos hábitos que dejó la crisis en la clase media”

El consumo tiene una gran relevancia para la clase media. Desde sus orígenes. Siendo un colectivo social que en nuestro país ganó tamaño y densidad en muy pocos años -de 800.000 habitantes en 1895 a 6 millones en 1947, según los pioneros estudios del prestigioso sociólogo italiano Gino Germani-, los productos, los servicios y las marcas a las que podía acceder tenían un poderoso doble efecto. Generaban la natural satisfacción que trae “tocar” el progreso.

Y, a su vez, expresaban ante la mirada de los demás la velocidad y la consistencia en la movilidad social ascendente que reafirmaba su identidad. Es en esta génesis en que hay que bucear para comprender el impacto que tiene el consumo en el humor social de la clase media.

Una clase que se define a sí misma como hija del trabajo. Honra de este modo los valores legados por sus padres, abuelos y bisabuelos inmigrantes. Aquello a lo que puede acceder le permite verificar de manera concreta el sentido de su esfuerzo y, hasta en algún punto, sentir orgullo por un recorrido que encadena varias generaciones. Perder capacidad de compra, ver limitado su acceso, ceder gratificación, tener que “bajar un escalón” cuestiona dicho sentido, y por eso enoja, duele. ¿Para qué trabajo tanto si al final no puedo, no llego? Esta parecería ser la pregunta retórica que lastima e incomoda al estrato social que se autodefine como “ni rico ni pobre” cada vez que un ciclo restrictivo altera su bienestar.

El prisma a través del cual registra, procesa, analiza y siente lo que sucede es mucho más pragmático que ideológico. Y esto hace que su humor y sus preferencias sean tan volátiles como su bolsillo. Para bien y para mal.

Hoy el bolsillo sufre. En 2018 los salarios perdieron, en promedio, 12% de su poder adquisitivo. Y los ingresos de los hogares (salarios más cantidad de personas que aportan dinero al hogar) cayeron aún más: 16 por ciento.

Hasta ahora, en los primeros 100 días de 2019 poco cambió. Es lógico entonces que el consumo continúe cayendo. En los productos cotidianos, “la heladera y la alacena”, un 7%, de acuerdo con los datos de Kantar y Scentia. En bienes durables, entre 15 y 45%, según el rubro. Si hubiera que definir con un color cómo está el humor de la clase media, hoy resulta muy difícil escapar de la “escala de grises”.

Para la “clase media alta” (17% de los hogares del país, entre $50.000 y $130.000 de ingresos familiares por mes), “los puntos del dolor” se encuentran en verse más distanciados de ciertos consumos vinculados con el placer, el confort o la tranquilidad. Dejar de viajar o hacerlo menos frecuentemente; suspender proyectos como cambiar el auto, modificar el lugar de vacaciones, salir menos, comprar menos ropa, renovar más espaciadamente la tecnología, dar de baja servicios, tener que pasar a segundas marcas en ciertas categorías de alimentos y bebidas, pensar en cambiar de prepaga.

Para el otro gran grupo que compone la clase media, que es la clase media baja (28% de los hogares del país, entre $30.000 y $50.000 de ingresos familiares por mes), los “puntos del dolor” se concentran más en lo cotidiano: alimentos, marcas, salidas y ropa. A lo que debe sumarse una mayor preocupación por la situación del empleo.

Sobreviviente de mil batallas, la clase media argentina, aun decepcionada y enojada, no solo le está dando pelea a la crisis, tomando el trabajo como escudo, sino que además registra ciertos aprendizajes que podrían ir más allá de la coyuntura y consolidarse como nuevos hábitos una vez que se supere la recesión.

El primero de ellos es el ahorro energético. El 93% reconoce haber cambiado sus conductas para ahorrar energía. Desde comprar lámparas led hasta apagar las luces al salir de un cuarto, usar el aire en 24 grados o calefaccionar las habitaciones donde hay gente en ese momento. En total, cinco acciones promedio por hogar. El segundo cambio tiene que ver con las marcas. Hoy ya no hay prejuicios ni dogmas. Se prueba lo que antes era “invisible”, y si supera el umbral mínimo de calidad, se compra. Las primeras marcas de consumo masivo cayeron 12% en el final de 2018 (fuente Kantar). En algunos casos hay vocación por volver a comprarlas y se las extraña. En otros, no. Juzgan lo que probaron como “suficientemente bueno”, y cuando tengan más dinero lo gastarán en otra cosa.

Se plantea un enorme desafío para las marcas líderes: cómo acompañar y estar cerca en la “mala” para no ser castigadas, o simplemente olvidadas, en la “buena”.

Cómo sigue, la gran pregunta

Esto es lo que ha pasado hasta ahora. Sin embargo, la pregunta que todos se hacen, y que genera mucha ansiedad, es otra. ¿Cómo sigue? La clase media no tiene ninguna duda. Interrogada en la encuesta que acabamos de cerrar en Consultora W sobre qué indicador le mostraría que estamos dejando la crisis atrás, el 42% afirma: “Que comience a bajar la inflación”.

Hoy al consumo le faltan tres cosas: plata, crédito y libido. El problema es que no compra el que no puede, lo que resulta obvio. Pero tampoco compra el que puede, lo que no es tan obvio. La prudencia, el miedo y la culpa no se llevan bien con el deseo. Sin pensar en ninguna “fiesta” ni “boom”, la conjunción de una mejora progresiva del poder adquisitivo con la llegada de los “sueldos nuevos” a la calle (mayo/junio), una inflación que aun siendo alta podría comenzar a moderarse (¿junio?), junto con nuevas medidas de estímulo al consumo tanto públicas como privadas -más descuentos, créditos, acuerdos de precios, cuotas, ofertas, promociones, Precios Cuidados, acciones conjuntas como el reciente ElectroFest o la Semana de la Moda- podrían hacer que el escenario comenzara a modificarse lentamente. Hoy, para vender, hay que dar.

Es sabido que la microeconomía sola no puede. Está fuertemente condicionada por la macroeconomía. En este sentido, tampoco el escenario de hoy parecería ser el de los próximos meses. Son varios los economistas que no dejan de señalarlo. Orlando Ferreres, Miguel Bein, Ricardo Arriazu y Miguel Kiguel, entre otros. Aun coincidiendo en que tampoco en la “macro” habrá ninguna fiesta, sí ven un contexto de “menos a más”. Ferreres prevé un crecimiento de 1,3% para el segundo trimestre y alrededor de 3% para el tercero.

Los pilares de la incipiente recuperación son la cosecha récord, que ya no es una promesa sino una realidad, el crecimiento de las exportaciones, la consolidación de Vaca Muerta y la mejora progresiva de la construcción pública: se despacharon 951.000 toneladas de cemento en marzo, un 16% más que en diciembre de 2018, que fue el piso. El índice Construya, que monitorea los insumos de la construcción privada, tiene un recorrido similar: lleva 3 meses consecutivos de crecimiento. Condición clave: dólar razonablemente tranquilo. Y que se frene la pérdida de puestos de trabajo.

Finalmente, ese “cómo sigue” general se abre en dos interrogantes específicos. Los empresarios se preguntan si mejorará el consumo. Y la política, tanto oficialismo como oposición, si mejorará el humor social. Las respuestas a ambas incógnitas están profundamente conectadas. El humor de la clase media mejorará cuando mejore el consumo. Y el consumo mejorará cuando la clase media tenga no solo más plata en el bolsillo, sino también más deseo que temor.

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¿Sigue siendo la Argentina un país de clase media?

La pobreza en el país llegó al 32% y hay casi 2,7 millones de nuevos pobres

En estos momentos cuando las recientes cifras oficiales -desempleo, pobreza – mostraron nuevamente la fragilidad de la estructura social argentina, bien cabe tomar algo de distancia de la coyuntura para interrogarnos sobre qué país verdaderamente somos.

El primer punto a dilucidar es si u n país que tiene un 32% de la población y un 23% de los hogares que viven bajo la línea de la pobreza puede seguir siendo considerado un país de clase media. La respuesta automática de muchos sería muy simple: “No”. Lo cierto es que esa conclusión resulta, cuando menos, apresurada.

Las clases sociales expresan una configuración multidimensional. Contemplan una diversidad de aspectos que hacen a la identidad de los individuos. Educación, trabajo, ingresos, hábitos, consumos, vivienda, relaciones, herencia, geografía, lenguaje, códigos, símbolos, entre otros.

Salvo en situaciones de disrupción -como la hiperinflación de 1989 o el colapso 2001/2002, por ejemplo-, los movimientos en las capas que dan forma a la pirámide social son lentos. Así lo demuestra el índice de nivel socioeconómico elaborado por los expertos de Saimo, CEIM y la AAM. Entre 2011 y 2017, el peso de cada uno de los estratos se movió apenas algunas décimas.

Dicho de otro modo: a grandes rasgos, la estructura social argentina está congelada desde hace 8 años. Esta falta de cambios tiene una evidente correlación con una economía que en ese largo período tuvo cuatro años recesivos -2012, 2014, 2016 y 2018- y que, punta a punta, creció 0%.

Por su parte, yendo específicamente a la clase media argentina, su tamaño oscila entre el 44% y el 47% de los hogares del país desde 2007.

En cuanto a la pobreza, lo que muestran las estadísticas es que la Argentina tiene un problema de fondo que arrastra décadas. Según la serie histórica del economista Orlando Ferreres , en los años 70 no superaba el 4%, en 1980 era del 8% y en 1985, del 16%. El problema se hace evidente cuando hacia finales de los 80 los datos del Indec señalan que la pobreza ya era del 32% en 1988 y que llegó al 47% con la hiperinflación de 1989. Logró reducirse hasta el 16,8% en 1993, tras el inicio del régimen de convertibilidad (instaurado en 1991).

Pero luego volvió a crecer de manera exponencial, de la mano de la expansión del desempleo, para llegar al 26,7% en 1999. Alcanzaría niveles catastróficos del 54,3% en 2002, para luego reducirse rápidamente y llegar al 26,9% en 2006.

Siempre más pobres

De ahí en más, según la UCA, la serie estadística osciló en valores similares, pero ascendentes, llegando a 2015 con un nivel de 29,7%. Al recuperarse las estadísticas del Indec en 2016, la primera medición arrojó un guarismo aún más alto: 32,2% de las personas y 23,1% de los hogares eran pobres. Luego se reduciría hasta el 25,7% de las personas y el 19,6% de los hogares en el segundo semestre de 2017.

Finalmente, la reciente crisis económica, tal como se acaba de publicar oficialmente la semana pasada, haría crecer nuevamente la pobreza hasta el 32% de las personas y el 23,4% de los hogares en el segundo semestre de 2018. Prácticamente los mismos valores de 2016 y de 1988.

Que hoy estemos en el mismo punto que hace 30 años muestra a las claras la magnitud del problema, lo traumático que resulta y las enormes dificultades para resolverlo.

La conclusión evidente que arroja el análisis de los indicadores sociales en una perspectiva amplia es que desde hace muchos años nuestro país no es “un país”, sino que conviven “varios países” en un mismo territorio. La Argentina extravió la característica de aquel cuerpo colectivo homogéneo que la distinguía de América Latina y adquirió un progresivo nivel de fragmentación social, que terminaría coagulándose hasta volverse estructural.

Esta es la realidad que hoy vivimos y que complejiza no solo el análisis, sino también el proceso decisorio, impactando tanto en quienes tienen que decidir inversiones como en aquellos que deben definir políticas.

Es cierto que el país tiene una acuciante, dolorosa y muy preocupante fragilidad social que oscila desde hace años entre el 25% y el 33% de sus ciudadanos bajo la línea de pobreza. Eso no quita, por otra parte, que, a pesar de ello, siga teniendo una de las clases medias más importantes de la región: 45% de la población. Aún supera el promedio regional que, según la OCDE, en 2017 era del 35%. Con una diferencia: los países vecinos vienen de menos a más. En 2000 la clase media era 21%.

Respondo entonces al interrogante: sí, a pesar del alto nivel de pobreza existente, y aun habiendo sufrido un largo proceso de degradación, la Argentina todavía puede seguir siendo definido como un país prototípicamente de clase media. Y allí radican tanto uno de sus principales activos como uno de sus grandes desafíos.

Debe hacerse la salvedad, no menor por cierto, de que ahora la lógica de clase media que alguna vez fue dominante en la sociedad se articula y tensiona cotidianamente con la de la más extrema fragilidad. Las dos son parte de un mismo todo.

Autopercepción, la clave

La idea del ADN de clase media que resiste y permanece vigente gana densidad cuando indagamos en la autopercepción. Si bien el 45% de la población técnicamente puede definirse como de clase media, en función sobre todo de su empleo y su nivel educativo -lo que correlaciona fuertemente con su nivel de ingresos-, el 82% cree pertenecer a este grupo.

Nuestro potente imaginario de clase media no es un invento narcisista, sino el resultado de la memoria reciente. La Argentina supo ser un país donde más del 70% de la población era de clase media. Las primeras mediciones del Indec, de 1974, lo confirman. Y eso quedó grabado a fuego en el ser nacional.

De ningún modo puede tratarse a la clase media como un todo homogéneo. Hay varias, por lo menos dos: la media alta y la media baja. Tampoco puede pensarse el presente bajo los parámetros del pasado. En Historia de la clase media argentina, el historiador Ezequiel Adamovsky observa que “allí donde existe, más que una clase social unificada por sus propias condiciones objetivas de vida, es un conglomerado de grupos diversos que han adoptado una identidad subjetiva de clase media, es decir, que piensan de sí mismos que pertenecen a la clase media. Más que nada la clase media es una identidad que se fue abriendo paso poco a poco y que se apoyó en una serie de valores, ideas e imágenes de la sociedad argentina”.

En nuestro país, la clase media es mucho más un “deber ser” y un “querer ser” que una comunidad específica y fácil de definir. Esta idea potente y vigente del ser nacional condiciona todo.

Señala la OCDE, en su informe Perspectivas económicas de América Latina 2018, que los países vecinos se enfrentan ahora a dificultades que en la Argentina se conocen desde hace rato.

“La expansión de la clase media ha sido una de las principales transformaciones de América Latina en los últimos años y ha traído consigo un cambio de expectativas, aspiraciones y demandas que explica en gran manera la actual insatisfacción en la región”.

Está claro: la clase media, por naturaleza, es exigente. Su vocación, inherente a la movilidad social ascendente, es ir hacia arriba. Y su permanente temor, también hijo del proceso que la vio nacer, es volver a caer.

Aquí radica entonces la enorme complejidad que “el país que contiene varios países” les plantea a los decisores este año. Tanto a quienes buscan seducir a los consumidores como a los que pretender interpelar a los ciudadanos.

Deseos cada vez más homogéneos y demandas crecientes, ambos potenciados por la transparencia que introdujeron las redes sociales, con bolsillos estresados por la pérdida de poder adquisitivo y estructuralmente fragmentados.

En definitiva, una profunda disociación entre aspiraciones y posibilidades.

Impacto de la inflación: “Cambio de hábito de empresas y consumidores por la crisis”

El deterioro del consumo masivo como producto del poder corrosivo de la inflación, traza un escenario de cambios en este primer semestre del año, tanto para las empresas como para los consumidores. Las crecientes compras de productos a granel, el abandono de primeras marcas por aquellas más económicas y la pérdida del poder de compra en los niveles socioeconómicos más bajos, son algunas postales que se acentuarán en los próximos meses, según los expertos.

A su vez las empresas achican el tamaño de sus productos y cambian el tipo de envase, entre otras medidas, para abaratar costos.

Claramente, “la inflación en las góndolas y los aumentos en las tarifas marcan un presente en el que sin duda el bolsillo es cada vez más el protagonista”, dice Mariela Mociulsky, directora de la consultora Trendsity. Por otro lado, “el contexto actual reactiva fantasmas conocidos. La temida suba del dólar se relaciona históricamente en la mente de los consumidores con inestabilidad, crisis y ansiedad hacia un futuro desconcertante”.

“Si veníamos con un consumidor cuidadoso, austero, prudente, preocupado por la suba de tarifas (aunque también con expectativas de que los cambios fueran positivos más adelante) hoy se suma la inflación, más aumentos posibles de servicios y de medios de transporte. La suba del dólar, siempre hace que el consumidor más prudente extreme sus medidas y esté mas desesperanzado”, dice.

En este contexto, según Mociulsky “se observa también, la fragmentación de canales a la hora de la compra: conviven ferias de barrio, distribuidores, se revaloriza más lo usado, hay más compras de cercanía, mayoristas y compra suelta según convenga en cada caso, siempre hablando de los estratos que pueden consumir”, aclara.

Según los datos que maneja Juan Manuel Primbas, analista de Kantar Worldpanel, “todos los niveles sociales retrajeron su consumo pero el bajo superior (que concentra el 33% de la pirámide social) arrastra una pérdida importante de su capacidad de compra”, dice. Otro dato que arrojan los últimos sondeos de la consultora es que, el estrato bajo inferior (17%) acusó una caída en el volumen de consumo del 11%, en el trimestre que va de noviembre de 2018 a enero de este año. Mientras en el segmento medio, la caída promedió el 6% y en el alto, el 5%.

Respecto de este tema, Mociulsky dice : “estamos acostumbrados a sufrir tensiones fuertes cuando se siente la amenaza de perder lo conseguido, fundamentalmente las clases medias, oscilan entre la nostalgia del “haber sido” versus el “seguir siendo”. Entonces, recurre a aprendizajes, que se activan especialmente en momentos adversos”. Aparecen los temores más claros a perder lo que se consiguió en términos de educación, salud, etc. La posible pérdida de empleo, la pérdida de ahorros o el tener que recurrir a ellos, genera un proceso de re evaluación constante sobre lo que es imprescindible o prescindible. “Pero en los niveles más bajos, la preocupación real es pasar el día a día. No hay para planear estrategias.

Estos estratos (bajos) declaran que no vislumbran la posibilidad de recuperar capacidad de consumo mientras que la clase media muestra más preocupación en torno a la inflación, el desempleo, el cierre de fuentes de trabajo, incrementos de impuestos, aumentos de tarifas y pérdida de status. Lo ejemplifican con no poder mantener actividades extra escolares de los hijos, mandarlos a la colonia de vacaciones, restringir salidas, recortar gastos en indumentaria, cambiar de planes de medicina prepaga, esparcimiento como ir al cine o el teatro, comer fuera de sus hogares, etc.

¿Se puede ver algún otro impacto en los consumidores vinculado al año electoral?

-En la percepción de los consumidores, todavía no está claro el escenario de opciones de candidatos ni de las acciones que cada uno llevaría a cabo, o qué se puede esperar de cada uno, los próximos meses serán decisivos. Existe un desencanto generalizado que dificulta la prospección, dice la analista de Trendsity.

Clarín

“Austeras, ahorrativas, atentas y prudentes: radiografía del perfil de las consumidoras argentinas en el hogar”

Ellas cumplen funciones de jefas de familia en el 48% de los hogares del país, ganan un 27% menos que los hombres y la desocupación las afecta más (Getty)

Cambiaron, y mucho, los roles en el reparto de las tareas domésticas y en la crianza de los hijos. Pese a todo, e incluso al tiempo que le tironean a la jornada laboral, todavía en la mayoría de los hogares las mujeres siguen siendo las administradoras de las compras familiares. Para el caso argentino, ellas cumplen funciones de jefas de familia en el 48% de los hogares del país, y ganan un 27% menos que los hombres y la desocupación las afecta más, según datos provistos y analizados por el INDEC y el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA.

Hoy, en tiempos de turbulencia económica y en el marco de un combo de variables delicadas (“devaluación más inflación”), ellas asumen el control de sus “mini economías”, las hogareñas: es por eso que buscan y comparan precios, están dispuestas a cambiar de marcas, invierten más tiempo en la elección de productos y priorizan la compra de lo necesario.

Hace rato que el consumidor de clase media argentino, sin distinción de género, viene acumulando experiencia en compras racionales con el ojo puesto en los precios y las promociones. Sucede que ahora ese perfil cuidadoso y precavido se está “recalculando”, algo que las mujeres conocen muy bien, porque necesita blindarse para hacer frente al aumento del dólar, la inflación que no cesa, la suba de las tarifas de servicios públicos y la preocupación por el empleo. El consumidor de hoy tiene un perfil austero recargado, coinciden los expertos en tendencias de consumo consultados por Infobae.

En la visión de Guillermo Oliveto, presidente y fundador de la consultora W, el modo austero –que marcó el gran cambio de paradigma entre el consumo de los últimos dos años y medio y la década pasada–, se está potenciando. “Los consumidores están más cautelosos que nunca y eligen muy bien qué hacer con su dinero, porque no les alcanza o bien porque derrochar se volvió un disvalor. Hoy los consumidores son pragmáticos al 100% y carecen de prejuicios”, resumió ante la consulta de Infobae.

Son tiempos en los que asoman fantasmas conocidos: el miedo a los vaivenes en el trabajo, a perder los ahorros o a recurrir a ellos; a tener que abandonar cuestiones ligadas a la educación y al estatus. Ante este panorama, el bolsillo es cada vez más protagonista. “Las clases medias transitan un proceso de revaluación constante entre lo imprescindible y lo prescindible: qué consumir y qué no; qué mantener, alternar o reemplazar. En los niveles medios altos, que parecían resguardados de la crisis, la fuerte escalada del dólar está replanteando viajes o la construcción de una nueva casa, entre otros proyectos”, señaló a Infobae la directora de la consultora Trendsity, Mariela Mociulsky.

Infieles con marcas y lugares de venta

¿Qué significa ser un consumidor austero y recargado? Ser muy prudente y minucioso ante una variable determinante en la ecuación final: el precio. Este consumidor, afirman los especialistas, entiende que las significativas diferencias y la falta de transparencia de precios caracterizan esta época. Por eso, su mayor habilidad es buscar y evaluar opciones en un universo en el que conviven las compras por cercanía, autoservicios, supermercados de descuento, ferias barriales, mayoristas, distribuidores; la revalorización de lo usado, las compras de productos sueltos y lo que más convenga en cada caso.

“El consumidor –agregó Mociulsky– sabe que deberá continuar sacrificando tiempo y esfuerzo para poder informarse y comparar”. En las últimas semanas, la recordada frase de Lita de Lázzari “caminen, chicas, caminen” volvió a cobrar fuerza cuando el Presidente de la Nación recomendó “caminar” para conseguir mejores precios. Es que con la inflación se agrandaron las brechas que se pueden llegar a pagar de más en productos cotidianos.

“Todos somos consumidores afectados por presupuestos cada vez más reducidos”, apuntó Diego Gizzi, gerente en Nielsen Argentina. Y agregó: “Las compras se restringen sin fidelidad definida en marcas ni en canales de venta y, además, los consumidores están descreídos respecto a los continuos estímulos de las promociones y los descuentos”.

En esa optimización de bolsillos flacos, se van probando opciones que hagan rendir el ticket final. El mensaje de los consumidores es claro: quieren conveniencia y sacar el mayor provecho a su presupuesto disponible. En ese escenario, el formato mayorista, subrayó Gizzi, “está jugando un fuerte partido en el que se destaca la creciente aceptación de sus marcas propias”. “Los alimentos son los productos más desarrollados y cada día aparecen nuevas categorías en limpieza y tocador”, indicó.

Del stockeo a la reposición diaria

Damián Di Pace, director de la consultora Focus Market, explicó que una clara muestra del cambio de comportamiento del consumidor es “que pasó de la búsqueda de stockeo y compra por volumen al mejor precio de promoción en la reposición diaria. Sucede que el gasto post devaluación es una misión de todos los días, es el desafío de administrar lo necesario frente a lo postergable o deseable”.

Un reciente análisis realizado por Kantar WorldPanel también muestra que la forma en la que los hogares argentinos realizan el ajuste en el consumo cambió en relación a crisis anteriores. “Compran con menor frecuencia –menos veces– algunas categorías y, en otras, siguen cambiando a marcas más económicas, en contraposición a llevarse envases más chicos sin resignar marca como sucedía en el pasado”, detalló Federico Filipponi, director comercial de la consultora especializada.

“El 60% de las categorías de la canasta de consumo masivo –precisó– perdieron frecuencia de compra en el segundo trimestre del año, y las marcas de bajo precio son las únicas que están creciendo en volumen”.

¿Qué recorta la clase media?

Las crisis implican una reorganización de prioridades y valores. Según analiza Mociulsky, “los imprescindibles son los productos de la canasta básica de alimentos, higiene y limpieza, y también servicios básicos como la conexión a internet, en el caso de la clase media, que es percibido como esencial para el intercambio social, la inclusión y la logística cotidiana”.

Los imprescindibles son los productos de la canasta básica de alimentos, higiene y limpieza, y también servicios básicos como la conexión a internet

¿Qué pasa con la educación y la medicina privada cuyas cuotas no paran de aumentar?, preguntó Infobae. La directora de Trendsity respondió: “Salud y educación son prioridades en el presupuesto familiar argentino que se defienden hasta último momento. Si se ha pasado de la educación o salud pública al ámbito privado –entendido como vehículo de progreso y control social– se busca no ‘retroceder’ y se evalúan colegios y coberturas de salud con costos más bajos”.

De acuerdo al análisis de Di Pace, de Focus Market, la clase media recorta su presupuesto “en servicios privados como por ejemplo el plan de telefonía celular, prepagas, seguro del auto, entre otros”. En este sentido, destacó que “las empresas aprovechan para favorecerse con la migración de clientes a través de promociones de nuevos clientes en telefonía celular, TV por cable, prepagas, gimnasios, con descuentos por seis meses. El precio manda”.

¿Recortan el gimnasio, terapia, peluquería, salidas? Gizzi, de Nielsen Argentina, recordó que en crisis económicas anteriores esos gastos se recortaban de “cuajo”. “Pero hoy, si bien ha bajado su uso, muchos consumidores tratan de sostenerlos a partir de la racionalización del consumo de la canasta básica que permita algo de excedente para complacencias personales, alineadas con las tendencias de cuidado personal, belleza, alimentación natural”, enumeró.

¿Y las vacaciones? Oliveto, de la consultora W, consideró que hoy en muchos hogares están en stand by. “Viajes, al igual que autos e inmuebles, están haciendo sus cuentas, están recalculando, como todos los sectores de la economía”, recordó. Por su parte, Gizzi planteó que “todos, finalmente, tendrán que adaptarse al momento difícil y habrá oferentes y demandantes de distintas escalas”.

Infobae

 

“Promo Banco Provincia: el Gobierno cambia la estrategia y refuerza el asistencialismo para revivir el consumo”

“Estamos transitando meses difíciles y el Estado no puede mirar para otro lado. Sabemos que la inflación es más alta de la esperada”.

Con estas palabras, la gobernadora María Eugenia Vidal dejó en claro a los ciudadanos que si hay que capear el duro temporal que viene, “lo mejor es hacerlo juntos”.

Estar “cerca de la gente” tiene sus beneficios. Y también un costo, que podría escalar a los $3.600 millones por mes.

La cuenta es sencilla: cuatro millones de personas poseedoras de tarjetas de crédito del Banco Provincia, a $1.500 cada una, menos el 40% que corre por cuenta del supermercado.

Ese monto es el que, con el descuento que acaba de anunciar, está dispuesta a gastar Vidal en concepto de ayuda alimentaria.

Claro que no todos los clientes de la entidad irán a reclamar su rebaja al supermercado. Si se repitiera la afluencia de público del año pasado, cuando se realizó una experiencia similar, el total a erogar cada mes rondaría los $800 millones.

La suma puede parecer elevada desde el punto de vista del banco. O baja, si se la analiza en base al potencial reactivador del alicaído consumo.

Sin embargo, en la consideración de la gobernadora bonaerense, el monto es algo que pasa a segundo plano. En esta fase “defensiva” de su gestión, está convencida de que no habrá plata mejor gastada.

En acuerdo con el ala política del macrismo, su convicción es que no hay que menospreciar la importancia de las medidas “contra cíclicas”, aunque algunas tengan más componente de señal política que de ayuda económica real.

Al anuncio de Vidal se le sumó -llamativamente el mismo día- la medida de Horacio Rodríguez Larreta para facilitar el acceso a la vivienda a partir de beneficios otorgados por el Banco Ciudad para alquilar comprar.

Ambas iniciativas son la contracara del discurso de austeridad que el Gobierno está sosteniendo en el plano interno y también fronteras afuera.

En términos comunicacionales, la “hoja de ruta” para pelearle a la crisis trazada por el Gobierno está bien diferenciada:

1.- Un mensaje hacia Wall Street y la City porteña muy consistente, que incluye la promesa de que el Ejecutivo no se apartará ni una coma en el cumplimiento y compromiso tomado ante el FMI.

Para reforzar este concepto, viajó Nicolás Dujovne a Nueva York y su segundo, Guido Sandleris, a Londres.

2.- Un mensaje hacia el mercado doméstico por el que el Gobierno admite que las cosas no están saliendo tal cual lo previsto.

También, surgen medidas y anuncios tendientes a levantar las alicaídas expectativas tras la devaluación.

Mientras esta estrategia se pone en marcha, los funcionarios saben que dependen de Luis “Toto” Caputo y su habilidad extrema para manejarse en los mercados financieros. Solamente con un tipo de cambio estable ese mensaje puede sonar creíble.

Asumiendo el cambio de clima
Obviamente, el objetivo de corto plazo del Gobierno es lograr que la clase media de la provincia más densamente poblada no baje sus niveles de consumo de manera drástica. Sobre todo en rubros de la canasta básica que han sido golpeados por el repunte inflacionario.

La tarea será difícil, teniendo en cuenta los últimos datos recabados, que para nada son alentadores: una investigación de Kantar Worldpanel revela que el consumo masivo cayó 2% entre abril y mayo, justo cuando comenzó a dispararse la cotización del dólar.

Desde esta consultora especializada también detallan que los sectores más perjudicados son los más postergados de la sociedad.

Más precisamente, el 17% de los hogares que destinan $6 de cada $10 de sus ingresos a la compra de comida.

Justamente a ellos les habló Vidal en su último anuncio: “Sabemos que la inflación es mayor a la esperada y que está pegando mucho más en los alimentos”, sentenció.

La estrategia de la “promo” es la siguiente:

– Los beneficios del Banco Provincia se otorgarán el tercer y cuarto miércoles de cada mes.

– Estarán disponible en 239 sucursales de las cadenas Coto, Disco, Jumbo y Plaza Vea de todo el territorio provincial y la Ciudad de Buenos Aires.

– Los productos que formarán parte son alimentos en general, incluyendo los frescos, frutas y verduras, cortes seleccionados de carne vacuna y todos los cortes de cerdo.

La iniciativa se inscribe en un operativo orientado a apuntalar la gestión y a contener eventuales problemas sociales en provincia de Buenos Aires.

Este es el distrito clave a defender pensando en la gobernabilidad de la gestión Macri y en la ya no tan lejana campaña electoral de 2019.

Mientras se espera que la inflación de junio ronde el 3,8%, ya con el efecto pleno de la devaluación, siguen llegando las listas con nuevos aumentos de precios para julio.

La gobernadora forma parte de la “mesa chica” del Presidente junto con Rodríguez Larreta, Marcos Peña y Rogelio Frigerio. Allí se decidieron los pasos para tratar de apaciguar los efectos de la crisis.

Los márgenes de maniobra se han reducido tras el acuerdo con el FMI, que puede contribuir para lograr la ansiada estabilización financiera. Pero, más que a crecer, este tipo de pactos sirven para aventar temblores.

Macri sabe a la perfección que de ahora en más los mercados van a seguir con lupa el cumplimiento de las metas firmadas con el organismo, y que pondrán en consideración si conserva a pleno su gobernabilidad en momentos difíciles.

Medidas sin prejuicios
Bajo esta perspectiva, se entiende que el Gobierno quiera preservar el tejido social y no aferrarse a dogmas.

Con pragmatismo, la “mesa chica” decidió jugar con todas las cartas. Aun cuando, desde el ámbito político, algunos recordarán los parecidos de las últimas medidas macristas con las anunciadas en su momento por Cristina Kirchner, especialmente en los tramos recesivos de su gestión.

Desde ese punto de vista, puede presumirse que este plan implica una ventaja política para la imagen de Macri y para Vidal en particular, ya que, según coinciden los analistas de opinión pública, toda acción pro consumo mejora la percepción sobre el gobernante.

Sin embargo, la experiencia en este tipo de acciones se ha revelado como un arma de doble filo.

Las aglomeraciones ocurridas en las “promo” del año pasado y las largas filas de gente esperando de madrugada bajo la fría llovizna invernal para comprar alimentos, funcionó también como un recordatorio de las necesidades que padecen vastas zonas del Conurbano.

Esas imágenes, que parecían indicar todo lo opuesto a lo que el macrismo quería comunicar, fueron en su momento profusamente utilizadas por la oposición en sus denuncias sobre los costos sociales de la política económica macrista.

De hecho, en plena campaña electoral para las legislativas, esas imágenes exponían todo lo que el Gobierno quería borrar de la agenda y lo que el kirchnerismo pugnaba por machacar: que buena parte de la población tenía problemas para llegar a fin de mes.

En todo caso, se produjo la típica “batalla por la interpretación” de ese fenómeno. Y la propia gobernadora tuvo que salir a defender la acción promocional del Banco Provincia como una forma de poner los dineros públicos al servicio de una mejora en las condiciones de vida.

Según pudo saber iProfesional de fuentes oficiales, la respuesta masiva del público a las rebajas del año pasado provocó euforia en el equipo de la gobernadora Vidal.

El dato que funcionarios han tenido en cuenta para repetir la experiencia es que uno de cada cuatro clientes que recurrió a la promo era docente de la provincia de Buenos Aires, y dos de cada diez, jubilados.

Según datos recabados, una gran mayoría de quienes aprovecharon los beneficios pertenece a sectores de ingresos medios y medio-bajos, y el 70% ganaba menos de $35.000 al mes.

A la hora de argumentar en términos políticos, lo que afirmaba el equipo de Vidal es que ese subsidio al consumo es sinónimo de buena gestión: implica una forma de ayuda social que durante la administración Scioli no era posible por la mala utilización de los dineros públicos.

“Scioli dejó al Banco Provincia con una deuda de $30.000 millones. Hemos podido sanearlo para hacer este tipo de promociones, que favorecen a la gente”, asegura un directivo a iProfesional.

La gobernadora, todavía al tope de las encuestas de imagen con un 53% de aprobación, es más consciente que nadie sobre los riesgos del estancamiento económico que atraviesa el país y que, según los cálculos más optimistas, se prolongará al menos un semestre.

Los signos de deterioro social y de inquietud en el Conurbano ya se hacen visibles, y fue por eso que comenzaron los anuncios destinados a la “contención”.

Primero, la propia Vidal se diferenció del resto del macrismo al hacer una explícita amenaza de “escrache” a los empresarios del sector alimenticioque trasladen “en forma injustificada” a los precios la suba del dólar.

Luego, llegaron los anuncios sobre adelanto en el pago del aguinaldo y mejoras en jubilaciones y planes de asistencia social.

Mientras Vidal se acercaba a los intendentes para monitorear que no hubiera síntomas de protesta violenta en el Conurbano, la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, se reunía con líderes piqueteros y lograba desactivar una marcha reclamando la entrega de alimentos en los supermercados.

Con vistas a un 2019 para el que no está descartada su candidatura presidencial, también buscó asegurarse que la obra pública continuase a buen ritmo.

Los recientes anuncios para fomentar el consumo son la conclusión natural de ese plan, que no desestima un “toque peronista” para aliviar la tensión social en momentos de crisis.

Iprofesional

Consumidores poscorrida: pragmáticos y algún “permitido”

En los primeros cinco meses del año tuvo una caída interanual de 0,5%

El 70% de los argentinos afirman que ya se sienten en la economía cotidiana los impactos de la devaluación y la suba de la tasa de interés. Afirman, del mismo modo, que están preocupados por la actual situación económica. Dicen que “la calle está más fría” y el 65% asumen que este año perderá poder adquisitivo contra la inflación. Para el 90%, en este último mes tuvimos una crisis. Hay decepción, preocupación y angustia por el momento que acabamos de vivir. Sin embargo, el 67% mantienen el optimismo. Creen que saldremos de esta crisis como lo hemos hecho en tantos otros casos. La gran mayoría piensan que llevará algún tiempo, pero confían en que sucederá.

La sociedad está asustada, perdida y aturdida. El 54% cree que todavía faltan momentos difíciles por cruzar. En el camino sienten que dejaron dosis de entusiasmo y que su sentir fue, en parte, dominado por la apatía y el desgano. Pero no por ello pierden la fe. El 60% continúa pensando que el país tiene una buena oportunidad de acá a 2030, y el 53%, que podemos crecer 20 años si hacemos las cosas bien. En el presente, realismo. A futuro, deseo.

El consumo siguió sin repuntar en mayo

Las percepciones que relevamos en nuestra última medición poscorrida cambiaria, entre el 14 y el 31 de mayo, coinciden con el consenso de economistas y bancos. Luego de haber crecido un 3,5% en el primer trimestre, prevén que la economía tendrá tasas de expansión mucho más moderadas: +1,6%, +0,9% y +0,6%, en los próximos tres trimestres de 2018, comparados con el mismo período del año anterior. Si se compara cada trimestre con el inmediatamente anterior, habrá caída. Y, como lo afirmaba ayer en LA NACION el economista Marcos Buscaglia, atravesaremos en lo que queda del año, técnicamente, la quinta recesión en una década (2009, 2012, 2014, 2016 y 2018). Concluiríamos el año con un crecimiento promedio anual del 1,7%, pero con una clara tendencia declinante en los meses por venir.

También el consenso de economistas cree, como la gente, que en 2019 la situación será diferente. Ven un PBI que cambia de tendencia en el primer trimestre del año próximo y que crece a tasas del 3% anual cuando llegue el momento de votar. (fuente: Latinfocus Consensus Forecast, informe de junio 2018).

¿Cómo se ajustarán los patrones de consumo al nuevo contexto y qué impacto tendrán estos cambios sobre los mercados?

Conciencia del gasto

El realismo presente se traduce en conductas fuertemente pragmáticas al momento de comprar. “Antes no teníamos ni idea. Ahora aprendimos a mirar precios y no tanto marcas”, afirman ciudadanos de clase baja en nuestros relevamientos cualitativos. “Creo que aprendimos a gastar un poco mejor. Tomar conciencia de que no se puede gastar tanto. Hay que armar un presupuesto y trabajar sobre eso”, confirman otros de clase media baja. “Recuperamos la corrección y volvimos a administrar. Nos ordenamos un poco”, adhieren los de clase media alta. “Los lujos son más espaciados. Ahora, antes de comprar un salmón lo pensás diez veces”, concluyen integrantes de la clase alta.

Como puede apreciarse, una conducta transversal a todas las clases sociales e ingresos y que deja de lado los prejuicios buscando optimizar el poder de compra al máximo.

El juego se abre. Los consumidores pragmáticos están dispuestos a probar nuevas marcas, nuevos lugares de compra, nuevos productos, y a evaluar sus alternativas bajo un nuevo prisma que contempla la llegada de meses más complejos para sus bolsillos.

Ese pragmatismo y la búsqueda permanente de orden en las cuentas hogareñas han recuperado el ahorro como un mandato de época. Hoy el derroche es un “disvalor”, como lo reflejan estos conceptos de los encuestados: “Antes prendíamos la calefacción y dejábamos la ventana abierta. Eso ya no va”. “Les dije a mis hijos: en casa, con pullover. Y punto”. “Pusimos todo led y ventanas doble vidrio. ¿Aire acondicionado? Sí, bajo consumo”. “Me compré un lavarropas inverter, de los que ahorran. Costaba $3000 más, pero con lo que ahorrás vale la pena. En vez de $10.000 por uno común pagué $13.000 y en cuotas”.

La disrupción que implicó pasar a pagar lo que durante 12 años fue casi gratis, luz, gas y agua, le cambió la cabeza a la gente. Hoy “hay que ahorrar”. Para pagar lo que hay y habrá que pagar. Para sobrellevar los vaivenes de la economía. Y para darse algunos gustos que valen la pena. Lo que inicialmente, en 2016, hicieron las tarifas y la posibilidad de volver a comprar dólares, en 2017 lo completaron los créditos hipotecarios y personales.

El ahorro como nuevo valor de época y el pragmatismo como conducta creciente se retroalimentan. Para poder ahorrar, hay que elegir de manera inteligente, con información, cautela y prudencia. “Yo ya lo tengo organizado, los sábados agarro la moto y me hago toda la recorrida”.

Austeros recargados

Si hasta ahora veníamos en “modo austero”, ahora vamos a “modo austero recargado”. Es bajo esta lógica que habrá que pensar el consumo que viene en lo que queda de 2018 hasta que la economía comience a dar señales de recuperación, lo que, si es como se prevé, sucedería en el primer trimestre del año próximo y se comenzaría a sentir en la calle durante el segundo y el tercero.

Cuando les preguntamos a los argentinos en mayo qué harían si en el futuro próximo tuvieran más poder adquisitivo, solo un 6% dijeron que volverían a comprar como lo hacían en el kirchnerismo, el 28% dijeron que mantendrían la conducta de restricción extrema que aplicaron en 2016 y la gran mayoría, el 57%, que harían una mezcla: en algunas cosas se cuidarían y en otras se darían un gusto. El resto no sabe.

Este es el espacio que tienen, en medio del ahorro y el pragmatismo, los “permitidos”. Permisos, gustos, “pequeños lujos”, disfrute, que durante los últimos dos años estuvieron concentrados en los bienes durables y el turismo. Todos mercados que crecían a doble dígito. Apalancados en un deseo que se transformaba en acceso a partir del retorno del crédito y de un dólar más barato. Habrá que ver ahora, con un dólar que ya no vale ni $17 ni $20, sino $28, y una tasa de interés que supera los 40 puntos, cómo vuelve a recalibrarse esa tensión y disputa por los recursos entre el consumo de corto plazo y el de largo plazo.

¿Se viajará menos? ¿Cuánto menos? ¿Ganará fuerza el turismo interno? ¿Desaparece todo el crédito hipotecario y el mercado de real estate regresa a ser meramente una reserva de valor para los inversores, o una vez que se estabilicen las variables el mercado se reorganiza y vuelve a generar oferta para una demanda que espera ansiosamente hacer otra vez sus cuentas y ver si llega al sueño de la casa propia? ¿Se abre una oportunidad estratégica para los electrodomésticos de consumo eficiente? Los que sigan viajando al exterior ¿harán sus cálculos y comprarán menos ropa y tecnología que antes? ¿Se abrirán nuevas oportunidades en territorios que ganarán dinámica a partir del crecimiento de sus exportaciones, como las economías regionales, el campo y ciertos sectores industriales, ahora con precios más competitivos y costos más bajos?

¿Cuánto caerá el poder adquisitivo? ¿Qué pasará con el empleo? ¿Qué sectores del consumo se verán más afectados?

Interrogantes múltiples que irán ganando la agenda a medida que las variables financieras se estabilicen. Las respuestas, por ahora, están en plena construcción.

Guillermo Oliveto – La Nación

“Supermercados vs. Consumidores: quién tiene la culpa de la suba de precios”

http://www.lanacion.com.ar/2024641-supermercados-vs-consumidores-quien-tiene-la-culpa-de-la-suba-de-precios

La inflación se resiste a caer. El 2,6% informado por el Indec para abril elevó al 9,1% el alza de precios en el primer cuatrimestre del año. Esa dinámica contrasta con la situación de los ingresos, también relevada por el ente estadístico oficial, que reveló que, a fines de 2016, la mitad de los argentinos con ingresos perciben $ 8500 o menos por mes.

“Se está produciendo un fuerte desfasaje entre lo que ingresa la inmensa mayoría de los habitantes del país, sectores de clase media y los jubilados, sobre todo los que perciben el haber mínimo que representan el 70% de la clase pasiva, y los aumentos de precios que se vienen produciendo constantemente”, sostuvo Héctor Polino, titular de Consumidores Libres.

En ese sentido, el ex diputado advirtió sobre la caída en el poder adquisitivo y en el consumo de alimentos básicos. Según explicó en +Despiertos, el año pasado en la Argentina se contrajo un 8,5% el consumo per cápita de carne vacuna, al igual que el de leche, que bajó de 44 litros a 40 litros por persona al año.

“A su vez, hay un problema esencial de que nadie sabe cuál es el precio justo de un artículo”, completó Polino, y añadió: “En las estructuras de costos hay un elemento hoy que se denomina ‘Por las dudas’. Como constantemente se producen modificaciones en los costos, se van remarcando (los precios) y eso afecta el poder de compra de vastos sectores de la sociedad”.

Por su parte, Fernando Aguirre, vocero de la Cámara Argentina de Supermercados, sostuvo que el alza de los precios se debe a desajustes en la cadena productiva. “Como intermediarios, los supermercados somos considerados los culpables de la inflación, pero la realidad es que no hay manera de que un sector como intermediación genere la inflación. Hay que analizar caso por caso”, sostuvo.

En tanto, Polino insistió en el rol del Estado para monitorear la evolución de los precios. “En la Argentina no hay controles. Hay una ley que se denomina Observatorio de Precios, que fue aprobada por el Congreso en 2014 y crea una comisión con funcionarios del Ministerio de Economía y representantes de tres entidades de consumidores. Tiene que observar precios desde la materia prima hasta que el producto está a la venta para ver en qué eslabón se produce una distorsión de precios, pero estamos en el año 2017, la comisión se constituyó hace tres meses y no se ha puesto en funcionamiento”, concluyó.

La Nación


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Emiliano Schwartz

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