“Precios descuidados: herencia de la era kirchnerista”

El sillón de Rivadavia, la banda presidencial y el bastón de mando no será lo único que recibirá el sucesor de Cristina Kirchner, que se elige hoy en las urnas. La herencia de 12 años de kircherismo será menos feliz en materia económica y obligará al ganador a lidiar con una pesada carga sobre sus hombros: el desorden de los precios relativos. Dicho de otra manera, del valor de los bienes en términos de otros. En el caos actual, un mes de electricidad puede costar menos que una pizza; por el precio de un kilo de zapallitos se puede viajar 11 veces en colectivo en el área metropolitana, y es común pagar menos por un litro de nafta premium que por su equivalente de leche larga vida o cerveza. En la ciudad de Buenos Aires, un salario mínimo no alcanza la suma que necesita una familia tipo para cubrir la canasta alimentaria y de servicios del hogar. O más lejos aún, ese monto de $ 5588 representa alrededor de una tercera parte del precio de un traje de marca nacional exhibido en la vidriera de un shopping.

Alimentos, servicios públicos, granos, combustibles, ropa? La lista de las distorsiones que traspasará la Presidenta junto con el Poder Ejecutivo abarca a distintos sectores y múltiples rubros. Los productores del campo se quejan por el desfase que provocan las retenciones respecto de los precios internacionales. En sentido inverso, el barril de crudo criollo encarece los combustibles al cotizarse por encima de la referencia del mercado global. Y los industriales reclaman por la pérdida de competitividad acentuada tras la devaluación de Brasil. De punta a punta en la economía, las relaciones están desordenadas.

Según un grupo de economistas consultados por LA NACION, el problema tiene origen en la inflación incesante de los últimos años y en las consecuentes políticas oficiales de intervención que derivaron en un surtido de efectos negativos. Hacia el fin de ciclo se evidencian en el déficit fiscal por la suba del gasto público producto de una maraña de subsidios financiados con emisión, la falta de inversiones en infraestructura y la pérdida de autoabastecimiento, entre otras consecuencias. Quien tome las riendas el 10 de diciembre, coinciden los especialistas, tendrá el desafío ineludible de recuperar la coherencia en los precios relativos con el menor impacto en los bolsillos de los consumidores. Y frenar esa ola distorsiva, afirman, sólo será posible con un plan integral que normalice las variables macroeconómicas.

En la génesis de las distorsiones, dice el presidente de la consultora Finsoport, Jorde Todesca, la inflación provoca diferencias entre bienes transables y no transables, por estar los primeros sujetos a la competencia externa, y los segundos, menos expuestos por no ser parte del mercado internacional. Por ese motivo, los bienes no transables tienen una mayor flexibilidad que permite recuperar márgenes y así se disocian del resto. Ese desfase dio lugar al ataque de los incrementos a través de los controles de precios, que Todesca define como la segunda fuente de las disparidades actuales.

¿Por qué? Una modificación genuina en los precios relativos con raíz en causas reales serían, por caso, las heladas que llevaron el precio de los duraznos a más de $ 50 en enero del año pasado, o el lanzamiento del iPhone 6 que abarató la versión anterior.

Pero los controles sobre algunos productos, desde una visión liberal, generan relaciones de precios falsas que desequilibran oferta y demanda. La importancia de corregirlo, dice Adriano Mandolesi, economista jefe del CISE/Fundación Libertad, es la de remover una traba en la marcha de la economía: “Las distorsiones afectan el sistema de precios y las decisiones de qué, cuánto y cómo producir. Ese sistema expresa las prioridades y necesidades de los consumidores, que constituye una información clave para los empresarios”. Por caso, en el rubro alimentos, “los controles de precios derivaron en escasez de algunos productos básicos y fuerte subas en otros por una disminución de la oferta de bienes”, detalla Mandolesi.

Entre los variados ejemplos posibles, el consultor especializado Víctor Tonelli habla sobre la carne vacuna. “Desde 2005, cuando Néstor Kirchner asumió de hecho el control de la economía con [el entonces secretario de Comercio, Guillermo] Moreno e impusieron derechos de exportación, piso mínimo de faena y los ROE (Registro de Operaciones de Exportación), hubo un desestímulo que achicó la participación en el mercado mundial de 10% a menos de 2%, y generó una pérdida de 7 millones de cabezas de ganado que achicó la oferta -resume-. El consumidor terminó por pagar el fracaso de una política que suponía un abastecimiento interno a menor precio, porque mientras el costo del ganado subió en la última década 640%, la carne aumentó 940%, muy por encima de la inflación.”

Otra de las políticas que generó escasez de bienes y agregó imprevisibilidad fueron las trabas a las importaciones para frenar la salida de dólares. Esa medida y un nuevo impuesto que disparó los precios de media y alta gama afectó, por caso, a la industria automotriz.

Intervenciones como las mencionadas, dice Miguel Ángel Boggiano, CEO de Carta Financiera, son un sello del kirchnerismo que padecerá la próxima gestión. En su opinión, “el factor de distorsión más obvio fue el tipo de cambio, con el cepo al dólar, cuya verdadera raíz es la intervención del sector energético, cuando se fijó un precio máximo al barril de petróleo a Repsol, con una diferencia de más del doble respecto de la cotización internacional”. Más sencillo: “Si alguien tiene que producir manzanas y le sale $ 10, pero no la puede vender a más de $ 5, nadie va a producir”, grafica. De este modo, las importaciones de energía se convirtieron en la principal sangría de divisas del país que derivó en el cepo. “También pasó en otros rubros, como luz, gas, telefonía, carnes y en los commodities, donde se fijaron máximos para que la gente accediera a bienes y servicios a precios artificialmente baratos. Pero para que los precios sean más bajos hay que accionar sobre oferta y demanda, y no sólo sobre precios”, teoriza. En ejemplos actuales, pese a su expatriación en el Viejo Continente, Moreno resulta tan protagonista como en sus años de actividad frenética.

Marcelo Capello, director del Ieral, detalla los problemas suscitados por la distorsión del tipo de cambio: “Al analizar el tipo de cambio real, sea en forma bilateral con el dólar o multilateral, la paridad cambiaria ha vuelto a niveles similares que en la convertibilidad”. El economista contrasta el dólar oficial ($ 9,50) contra un blue de $ 16 y otro de $ 19,50 que surge de la diferencia entre la base monetaria y las reservas del Banco Central. Hacia afuera, dice Capello, un tipo de cambio apreciado se traduce en salarios altos en dólares y en problemas de competitividad. El peligro, según el especialista, es que “salarios altos en dólares (200% mayores que Brasil) que no se condicen con el nivel de productividad de una economía terminan por afectar el nivel de empleo en el sector productor de bienes transables, y a la larga en todo el sector privado”.

Boggiano añade otra consecuencia que surge al combinar controles y dólar “caro”: “Se produce más escasez de bienes. Volviendo al ejemplo, producir manzanas pasa a costar $ 15 y además tengo un dólar artificial que no es de equilibrio y no puedo competir”.

Donde dice manzanas podría leerse tarifas, otro punto recurrente al hablar de dislocaciones de precios relativos. El economista Orlando Ferreres refleja la evolución dispar. “Los servicios públicos representaban en 2001 el 14% del costo de vida; hoy son menos del 4%. Eso liberó a la Presidenta para incrementar su populismo consumista. Los servicios se mantuvieron y eso pagó viajes, electrodomésticos y todo el boom de consumo”, critica.

En el transporte, el atraso ronda el 200% o más. Los empresarios de colectivos estiman que el mínimo de $ 3 saltaría entre $ 10 y $ 12 si se eliminaran las transferencias de fondos públicos. En las firmas de larga distancia afirman por lo bajo que la subsidiada Aerolíneas Argentinas, al operar como una low cost sin serlo, distorsionó el mercado que se promociona “a precio de micro”. El solapamiento, como todo desajuste, fue a parar al gasto: en las rutas donde los precios chocan, las compañías son compensadas con $ 1,20 por kilómetro.

El costo local de la energía, en sus distintas formas, quedó en una isla. En base a una canasta del sector, el ex secretario del área Daniel Montamat contrasta: “En petróleo y derivados, hoy estamos por encima de las referencias internacionales. Por eso, petróleo, nafta y gasoil se pagan más caro aquí que en la región y el resto del mundo”. Ocurre que, a la inversa de lo que se daba antes de la caída en la cotización del crudo, el precio del barril local en US$ 77 supera el de referencia. Montamat afirma que la solución para evitar discrecionalidades hacia uno u otro lado es retomar la relación con las cotizaciones globales.

En el gas natural hubo cierta recomposición, tal como probaron este invierno las facturas con alzas de hasta 700% por el retiro parcial de subsidios en 2014 y el castigo para los que no bajaron el consumo. Sin embargo, Montamat afirma que “el precio interno [US$ 3,9 el millón de BTU] aún es inferior al que se paga a Bolivia [US$ 5,4]”.

La distancia más grande en relación con la realidad está en la electricidad, sobre todo en el área metropolitana, ya que muchas provincias ajustaron el valor de la distribución. “En capital, el kW/hora cuesta un cuarto de lo que paga un rosarino”, compara Mandolesi. “Pero el mayor subsidio -precisa Montamat- es el de la generación, que alcanza a todos los argentinos. El costo fue de US$ 10.200 millones en 2014, de los cuales la demanda pagó US$ 2500 millones.” Así, el precio local es apenas 27% del internacional.

Una posible salida para bajar la carga al Estado, opina Montamat, es encarar la recomposición de tarifas con subsidios a la demanda en lugar de subsidiar a la oferta. Eso sería fijar un límite de consumo a partir del cual se pague el costo económico del servicio, e identificar a los usuarios para aplicar tarifas sociales.

Las retenciones están entre las intervenciones distorsivas más repetidas entre los economistas. En retrospectiva, Capello relata: “En 2002 se implementaron en forma transitoria, dado que tras la fuerte devaluación se argumentaba que existía alta rentabilidad. Luego subieron los granos y los derechos también. Pero ahora, ni los precios son altos ni lo es el tipo de cambio real, y eso genera una fuerte distorsión de precios relativos”. Boggiano vuelve sobre el tipo de cambio: “Aquí el problema es grotesco y afecta la viabilidad de los negocios. El campo liquida a dólar oficial, recibe 6 pesos (por la soja) o 7 (por el trigo o maíz), y compra fertilizantes a un blue de 16 pesos”.

Las diferencias golpean a las economías regionales. Pablo Vernengo, director del área en CAME, agrega otros factores distorsivos. Según el Índice de Precios en Origen y Destino elaborado por la entidad, los consumidores pagan 7,5 veces más que lo que cobran los productores. “En países como España, el consumidor paga unas cuatro veces más”, indica Vernengo, que atribuye la asimetría local, entre otras causas, a la inflación en los eslabones de cadena, como en la logística y en las góndolas.

En puertas del cambio de gobierno existe un consenso sobre la condición necesaria para ordenar todos estos precios y más: un plan que atraviese transversalmente a la economía. Tipo de cambio, confianza, inversión, financiamiento, oferta, inflación, gasto público, déficit fiscal… El heredero, grafica Boggiano, será el encargado de “afrontar el costo de 12 años de parranda”. Parte de eso, inexorablemente, caerá en la cuenta de los consumidores.

Alimentos industriales, los más afectados

De todas las distorsiones de precios que enfrenta la economía argentina, una de las más llamativas es la de equiparación en el valor al público de productos industriales y alimentos frescos de primera calidad. Para descubrir este efecto no hace falta más que recorrer un supermercado, comparar precios y estar atentos a la resolución que obliga a las cadenas a informar no sólo el valor de la unidad del producto que está en la góndola, sino también el precio del kilo o litro de ese artículo.

Cumpliendo estas premisas se puede verificar que un kilo de lomo de novillito que en un supermercado cuesta $ 160 termina por ser más barato por peso que un kilo de hamburguesas congeladas de una marca líder que cotiza a $ 13 por unidad de 80 gramos, lo que significa $ 164 por kilo.

Otra muestra de las distorsiones es que prácticamente no hay diferencias de precios entre una grande de mozzarella comprada en alguna de las más prestigiosas pizzerías porteñas -en Güerrin cuesta $ 120 y en El Cuartito, $ 125- contra los $ 109 que hay que desembolsar por una pizza congelada de media masa en el supermercado.

La Nación
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Emiliano Schwartz

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