“La inflación impone cambios de hábitos, consumo y ahorro a la clase media”

“Miro los precios y comparo”. “Trato de que nada me tiente”. “Hago magia para que el dinero me alcance”. “Compro menos y cuido más”. “Cocino en casa”. “No salgo ni uso el auto”.

Palabras más, palabras menos, muchas de estas frases se convirtieron en muletillas casi corrientes de un alto porcentaje de la clase media que experimenta desde fines del año pasado, y con fuerza desde enero, el impacto en la vida diaria de la crisis económica que atraviesa el país.

En las últimas semanas, la devaluación del peso y la aceleración de los precios -que atestiguan góndolas, vidrieras y boleterías- atentaron contra su bolsillo, los obligaron a dar pasos en falso y hasta pusieron a prueba su ingenio en la creación de estrategias orientadas a aplacar los efectos de “la improvisación” del Gobierno y sus medidas.

“Nos preocupa la inflación descontrolada y, sobre todo, la negación oficial de los problemas. Es como si uno tuviera una enfermedad declarada y se aturdiera para no pensar en cómo tratarla o le echara la culpa a los demás sin buscar una solución. La sensación es que o hay que comprar lo más posible ahora porque todo estalla, o hay que paralizarse y no gastar un centavo porque no se sabe qué viene”, expresan a LA NACION Lorenzo V., abogado, e Inés S., docente, de 45 años.

En la misma sintonía se manifiesta la pareja de Daniela P., consultora de 29 años, y Agustín F., empleado de 30, pese a la diferencia de edad que los separa de Lorenzo e Inés. “Me inquieta el nivel de incertidumbre que manejamos y la falta de mirada de largo plazo de las autoridades. La inflación deteriora la calidad de vida de todos”, plantea ella. Él completa: “Me preocupa no saber adónde vamos. Si hubiera reglas más transparentes y no discrecionales, la economía se reordenaría. Me hago mala sangre por estos anuncios”.

FALTA DE PROYECCIÓN

Como dejan ver representantes de la clase media consultados por este medio, la preocupación actúa como denominador común, aunque la incertidumbre y la incapacidad de poder proyectar también inclinan negativamente la balanza de gastos.

“Siento que no puedo planificar mi futuro y lo noto en cuestiones básicas, como el colegio de mi hija. Me es muy difícil prever el impacto que la cuota tendrá en nuestra economía doméstica. Hoy la puedo pagar, pero si la aumentan dentro de tres meses y en qué porcentaje, no lo sé”, plantea Diego M., de 35 años, cuya hija tiene tres y concurre desde pequeña al jardín de infantes.

Su testimonio encuentra eco en el de Germán B., administrativo, de 32 años, quien se llevó el mes pasado algunas sorpresas en la negociación de su contrato de alquiler: “Pasamos un enero estupendo -recuerda irónicamente-. Lo que seguro iba a ser un 20% más terminó siendo un 28% anual. Y hubo que luchar para no tener un aumento mayor”. “Cada día, ni bien me levanto, lo primero que hago es leer el diario, inclusive antes de desayunar, para ver si hubo alguna medida nueva. La falta de planificación o proyección es lo peor”, admite.

El malestar anímico y social y la caída del poder adquisitivo conducen, inevitablemente, a este sector a implementar recortes obligados con el fin de proteger al máximo los ingresos y el ahorro de años. Impulsan, además, cambios de hábitos y nuevas formas de consumo, seguidas por restricciones y privaciones para no llegar, como se dice popularmente, “tan atados” o “con la soga al cuello” a fin de mes.

COMPRAR AL DÍA, VIVIR AL DÍA

 

La compra quincenal o semanal ya es práctica del pasado; ahora todo se reduce al día. Foto: Archivo / LA NACION/ Guadalupe Aizaga

La ida al supermercado se transformó para el sector en un “paseo” que apela a la creatividad y a la inteligencia, y que, por ende, demanda más tiempo, esfuerzo y caminata. No sólo se gasta menos en dinero y en cantidad, sino que se controlan y comparan precios, se aprovechan las ofertas del día y los descuentos con tarjetas que ofrecen los bancos, se reducen o suprimen los pedidos por Internet, y se restringe el consumo de alimentos, como la carne, la fruta y la verdura, cuyos valores se dispararon entre enero y febrero, según se desprende de una convocatoria realizada a los lectores de LA NACION a través de su página de Facebook.

Así, mientras varios se rehúsan a comprar productos excesivamente caros, otros optan por adquirir las segundas marcas o las que son propias de los supermercados, y un pequeño porcentaje, aunque en alza, visita los mayoristas o concurre una vez al mes al Mercado Central. Los más osados recomiendan, incluso, montar huertas y cultivar puertas adentro.

El regreso de “la lista” de faltantes en mano de los consumidores ilustra la vocación por el ahorro y la tendencia de comprar “lo justo y necesario” que se respira hoy por hoy en las góndolas.

LA VUELTA DE LA COMIDA CASERA

 

En la hora del almuerzo, la vianda gana peso entre los oficinistas frente al costo de los menúes ejecutivos. Foto: LA NACION / Archivo/ Matias Aimar

El consumo responsable y el despilfarro que implica, en consecuencia, el delivery llevan a muchos a tener que repensar rituales tan íntimos como el de sentarse a la mesa y compartir una comida. “Volví a preparar platos y los pongo en el freezer”, cuenta Beatrice Tonuch, una lectora de este medio. “Compro cuando está barato y guardo. Los fines de semana me dedico a elaborar todo lo que puedo, caserito, caserito”, coincide Diana Elizabeth Farias, otra usuaria que compartió su comentario en las redes sociales.

En este panorama, no hay que olvidar lo costoso que resulta almorzar en pleno centro u otros barrios de la Capital. La vianda, de acuerdo con la opinión de oficinistas, se impone a los menúes ejecutivos cuando el objetivo es achicarse.

PAUSAS OBLIGADAS A PEQUEÑOS Y GRANDES LUJOS

Los asados, las picadas, ir a comer afuera, el teatro y el cine pasaron a forman parte de esas costumbres donde se evidencian los tijeretazos. Ahora las salidas no se realizan en forma indiscriminada, sino que se eligen a conciencia, y además se vuelven más espaciadas. Por otro lado, se retoma la práctica de reunirse en casas y cocinar entre todos en lugar de pedir pizza, empanadas o sushi. “Si bien no restringimos por completo nuestros hábitos relacionados con el ocio, sí empezamos a reunirnos en casas de amigos en lugar de ir a cenar afuera”, ejemplifica Sebastián T., un defensor de este tipo de programas. “Si queremos mantener medianamente nuestro nivel de ahorro, no tenemos más remedio que hacerlo o reducir la frecuencia”, agrega.

FUERA DE FOCO

 

Por la crisis los comerciantes no logran vender la ropa ni en época de liquidación. Foto: Archivo / LA NACION/ Ezequiel Muñoz

Otro de los rubros donde la crisis hizo trizas fue el de la indumentaria, que ni siquiera con las liquidaciones o las rebajas del 50% logró atraer clientes y paliar la caída de las ventas post Navidad y de fin de temporada. “El precio de la ropa no tiene sentido y la calidad es muy baja. No creo que valga la pena comprar en estos momentos”, destaca Daniela P. “También se ha vuelto muy difícil comprar zapatillas para los chicos o botines de fútbol, que tienen valores exorbitantes”, añade Inés S.

MENOS CÓMODO, PERO MÁS BARATO

 

Cada vez menos argentinos eligen el auto para ir a trabajar por la suba de la nafta y los peajes. Foto: Archivo / LA NACION/ Guadalupe Aizaga

El aumento de las tarifas del peaje y la suba de la nafta obligó a parte de los conductores a tener que abandonar la comodidad de ir a trabajar en auto y cultivar la creencia de que se trata del medio de transporte por excelencia. “Ir al trabajo con el auto todos los días”, contestan al unísono Pablo O. y María J. cuando se les pregunta por la actividad que sacrificaron.

En ese marco, un número de ciudadanos en aumento opta por caminar, especialmente, cuando las distancias son cortas y lo permiten.

El taxi ingresó en el mismo cimbronazo hace rato tras su seguidilla de cambios en la bajada de bandera. Ahora, la tendencia sólo se agudizó.

CONSUMO “VINTAGE”

El presente ofrece una postal que recrea costumbres medievales, donde el trueque era una práctica de lo más común. Frente a las subas constantes que sufrieron los electrodomésticos y también los libros por los incrementos de sus insumos, son varios los argentinos que prefieren adquirir cosas usadas o intercambiarlas en función de sus necesidades. “Las cosas que piden en el colegio las busco usadas, y si no, los bajo de Internet, sin imprimir porque los cartuchos de tinta son espantosamente caros. En esto es curioso un detalle: ahora piden a los padres que imprimamos en casa muchos documentos para presentar allí o autorizaciones, así ellos se ahorrar el costo”, subraya Lorenzo V.

EL DESCANSO, ALTERADO

Las vacaciones, la pausa y el descanso también se vieron condicionados por la situación actual. A diferencia de años anteriores, los destinos locales encabezaron las opciones de la mayor parte de la clase media, y la estadía se redujo en días como en frecuencia. Sin dudas, los más castigados aquí fueron los amantes de las escapadas cortas; algo que se dificultó por los costos de la nafta, los hoteles y la gastronomía. “Años anteriores solíamos irnos varios fines de semana a la costa y este año solamente fuimos uno. Además, dejamos las vacaciones para abril, ya que es un mes más económico para viajar”, relata Diego M.

ELLOS, PRIMERO

 

Los adultos se las ingenian para que los chicos no perciban el ajuste. Foto: Archivo / LA NACION/ Maxie Amena

El fenómeno que se vive no escapa a los chicos y pone, a su vez, a los adultos en el desafío de lograr que la crisis les pase casi inadvertida. Entre las artimañas y los malabarismos sobresalen la carrera por conseguir descuentos o 2×1 y, si la suerte acompaña, programas gratuitos. Los padres consultados acuerdan que tratan de evitar tener que trasladar el ajuste a ellos. “Tienen que tener una infancia feliz y necesitan distraerse. Por eso, a veces cambiamos el tipo de salidas para que puedan pasarla bien, pero sin gastar tanto”, reconoce Germán B., que tiene dos hijos.

PRESUPUESTOS RECORTADOS

Tímidamente, la inflación empieza a entrometerse, además, en otro tipo de cuestiones que atañen a la vida diaria, aunque en casos más puntuales, como la capacitación a través de cursos o las actividades extracurriculares de los chicos, los arreglos de la casa o del auto, los gastos escolares y del club, y los regalos a amigos en ocasiones especiales, que dado el contexto hay que limitar gradualmente..

¿Se acabó el ahorro? Sobre este punto existen opiniones encontradas entre los testimonios recogidos y las opiniones vertidas en las redes sociales. Algunos aseguran, como Pablo O. y Agustín F, que no hay que gastar de menos, sino dejar de adquirir aquellos bienes o servicios que “no brinden valor agregado”. “El consumo superfluo es el primero que sufre en época de recesión”, desliza el segundo.
Otros, como Germán B., confían que, ante la improvisación que se está teniendo, “hay que ir a lo seguro, como el dólar, y evitar los plazos fijos”.
Finalmente, están quienes creen que el ahorro está perdido, y hay que invertir en lo se pueda “por temor a que lo que venga sea todavía peor”.

La Nación

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Emiliano Schwartz

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