Dólar inestable, paritarias calientes y dudas sobre si aguanta el verano “ochentoso” de la era K

Para que este verano se parezca a los de los años ’80, sólo falta un fondo de música de Soda Stereo, las chicas de Alberto Olmedo en la tele y que vuelvan los peinados batidos, pero casi nada más.

El resto de los condimentos están: stock develas por los apagones, anuncios de cortes,paritarias calientes con ajuste por inflación y dedos cruzados para que el dólar paralelo no se dispare más de la cuenta.

Pero el mayor parecido de todos es el ambiente tenso, esa sensación tan tradicional, tan intransferiblemente argentina, de que en cualquier momento puede complicarse todo aun más. Y que el principal objetivo colectivo es “pasar el verano” sin mayores traumas en la economía.

A fin de cuentas, en la memoria histórica quedó grabado que los veranos han sido los momentos de devaluaciones, ajustes sorpresivos, cambios de ministros, explosiones de indignación contra banqueros y gobernantes.

Hasta que en marzo empieza la ansiada lluvia de dólares del campo para calmar los nervios. Y, además, en 2014 hay un Mundial de fútbol, lo cual contribuye doblemente al alivio: por un lado, pone en “stand by” el debate político y contagia a toda la sociedad del sentimiento nacionalista; y, por otra parte, ayuda a la economía con el empuje consumista.

Pero claro, en la Argentina de hoy el otoño es “largo plazo” y para llegar a ese oasis hay que atravesar antes el desierto veraniego. El Gobierno dejó en claro que se toma muy en serio ese desafío.

Para empezar, por los aires de austeridad. Muy lejos de los tiempos felices del “modelo K”, cuando había prosperidad para repartir y en cada fin de año se hablaba de un “plan felices fiestas”,ahora no hubo inyección de dinero para lubricar la maquinaria consumista.

Sólo obtuvieron aumentos las fuerzas del orden que “extorsionaron” por una mejora salarial. Pero, para los demás, hubo señales inequívocas de “fin del reparto”, empezando por la negativa de Jorge Capitanich a considerar una exoneración del Impuesto a las Ganancias que se aplica al medio aguinaldo.

Cruzando los dedos
El primer gran problema a superar en el cortísimo plazo es el colapso energético, al que el Gobierno teme por su potencial de generar caos social.

Al comienzo, se había pensado que el hecho de que miles de personas hayan salido de la Capital y el conurbano hacia otras zonas del país para pasar sus vacaciones traería alivio, porque resta demanda al exhausto sistema eléctrico.

De todas maneras, como admitieron Julio de Vido y Jorge Capitanich, la red de distribución entra en problemas cuando la temperatura supera los 32 grados.

Esto es casi una admisión de que aun con una menor demanda, hay condiciones como para que la crisis sea difícil de superar. Cualquier repaso a la estadística meteorológica de los últimos años indica que fácilmente se supera esa marca durante todo el verano.

Además, el boom de los aparatos de aire acondicionado pone una nota adicional de presión: fuentes empresariales estiman que este verano se agregaron más de 200 mil unidades al parque existente. Y cada uno de estos equipos consume el equivalente a seis heladeras.

“Hay que rezar para que no haga más calor”, es el crudo diagnóstico de Emilio Apud, ex secretario de Energía, quien considera que sólo con una fuerte inversión se solucionarán los problemas, algo que no parece factible en el corto plazo.

La gran duda es si el plan para la reducción de los subsidios a los usuarios se hará efectivo o si, una vez más, la Presidenta considerará que no hay un clima social propicio para implementarlo.

Las señales desde el ámbito político apuntan a que, al menos, se esperará a que pase el verano para anunciar medidas.

Como en los ’80, las tarifas congeladas cumplen una función de “ancla” del resto de los precios, algo que al Gobierno le resulta funcional justo cuando está por debutar con su nuevo índice inflacionario y cuando trata de moderar las pretensiones de aumentos salariales.

El foco en el blue
Una vez superada la emergencia de los saqueos y los cortes de luz, el siguiente problema en la agenda veraniega del Gobierno es el dólar. Como pasaba en los ’80, los veraneantes no pueden darse el lujo de desconectarse por completo de la actualidad, sino que están siempre con un ojo atento al movimiento del billete, dado que puede implicarles un cambio súbito en la marcha de sus vacaciones.

El gran desafío que se plantea el nuevo equipo económico liderado por Axel Kicillof es seguir reduciendo la brecha entre el tipo de cambio oficial y el “blue”.

Hasta fin de año, en medio de tantas malas noticias, este fue uno de los pocos motivos de festejo para el Gobierno: haberla reducido desde un nivel de 100% hasta uno de 50%.

Pero con las turbulencias de las últimas semanas, que llevaron la brecha hasta un nivel del 62%, ahora viene el gran test para saber si esta victoria será duradera o apenas una tregua pasajera. Ocurre que la disminución se logró por la ocurrencia de los siguientes factores:

*Moderación en la emisión monetaria.

*Aceleración de la tasa devaluatoria del tipo de cambio oficial.

*Mayor ingreso de dólares gracias a las inversiones petroleras y a las liquidaciones adelantadas de las exportadoras de soja.

*Venta de bonos de la Anses, como forma de desviar el atractivo de los inversores hacia otras alternativas.

*Mayor apertura de la ventanilla de dólares oficiales para el turismo.

No obstante, en enero las cosas ya empezaron a mostrar complicaciones. Para empezar, hay un aumento estacional en la demanda de divisas por parte del público que viaja al exterior. Y todo indica que la canilla de la AFIP no fue suficiente como para que la gente dejara de acudir al mercado paralelo.

El antecedente del último verano no es auspicioso: también se había comenzado en diciembre con la actitud simpática de autorizar cifras relativamente “altas” para los viajeros y luego en enero se cerró el grifo, lo cual trajo el natural incremento de la operatoria en elmercado paralelo.

Además, la moderación monetaria de la primavera terminó sobre fin de año, como es habitual, por las obligaciones financieras del Estado. Se estima que en todo diciembre la emisión fue de $40.000 millones.

Ahí estará el primer gran test para Juan Carlos Fábrega, el nuevo titular del Banco Central. Si logra restarle liquidez al mercado, ayudará a contener al blue.

Pero, para ello, deberá tomar medidas que son vistas como medicinas amargas para el Gobierno. Una es acentuar la suba de las tasas de interés, lo cual enfría la economía; la otra es permitir que los pesos fluyan hacia alternativas dolarizadas como el “conta con liqui”.

Si las señales, por el contrario, no son buenas, hay probabilidades de que el blue vuelva rápidamente a su “valor teórico”. Es decir, el que surge de dividir la base monetaria sobre las reservas del Central, lo cual hoy lo llevaría a alrededor de $12,00.

“Si la crisis política se profundiza, volveremos a una alta brecha del dólar blue con el oficial. Creo que más temprano que tarde llegará a los $13 tras el recargo del 35% a las tarjetas”, señala el consultor Salvador Di Stefano.

Dudas sobre el manejo macro
Lo cierto es que el escepticismo es lo que predomina entre los economistas.

“La brecha cambiaria ha bajado a expensas de políticas inconsistentes e ineficientes”, afirma un informe de la consultora Economía&Regiones, que cree que “la racionalidad del presidente del Banco Central chocará contra el fundamentalismo del ministro de Economía”.

Su pronóstico veraniego es inquietante: “Lo más probable es que la inflación no pierda terreno, que los problemas cambiarios continúen y que el drenaje de reservas siga su curso”.

¿Qué tan grave puede ser la situación? No tanto como la de los veranos de los ’80, cuando se producían verdaderos shocks cambiarios. Pero nadie descarta una nueva escapada del blue lo suficientemente importante como para que el último recargo sobre el turismo quede neutralizado.

Es que el aumento de la brecha volvería a traer la sensación de que viajar y gastar en el exterior cuenta con un fuerte subsidio estatal.

El otro interrogante respecto del dólar es si se mantendrá el fuerte ritmo devaluatorio sobre el tipo de cambio oficial.

Los más críticos creen que una continuación de esta política puede generar una aceleración inflacionaria, algo que de hecho ya se comprobó en diciembre, cuando los precios pasaron a una velocidad crucero de 3% mensual.

El punto que señalan los economistas es que una devaluación gradualista como se está realizando es contraproducente.

Esto es así porque la expectativa de una suba continua del dólar hace que los importadores incurran en el “sobre stock” mientras que los que tienen activos dolarizados los atesorenporque saben que cada día que pasa el billete sube un poquito más y hacen negocio.

“Si se dejara avanzar el dólar oficial de una sola vez a, por ejemplo, $7,50 -es decir, un salto de casi 15%-, no tendrá impacto en precios y sí posibilitaría acelerar las liquidaciones de exportaciones y frenar los pedidos de importadores, con lo que se desarmaría las expectativas de devaluación y de inflación”, argumenta Javier González Fraga, uno de los críticos de la nueva política cambiaria.

Paritarias calientes
El verano será también la prueba para el nuevo acuerdo de precios, ese al que el ministro Kicillof prohíbe llamar “congelamiento” o “control”. Y la verdad es que ni el propio ministro se mostró demasiado entusiasmado con sus probabilidades de éxito.

En el gremio de los economistas, el escepticismo es absoluto, luego del evidente fracaso de los intentos realizados por Guillermo Moreno.

“Seguimos haciendo lo que hace 4.000 años se sabe que no da resultado”, ironiza Economía&Regiones, en alusión a la vasta acumulación de evidencia histórica, tanto mundial como nacional, sobre fracasos en los intentos de frenar la inflación sólo con acuerdos de precios.

Pero es probable que estas críticas estén perdiendo de vista el principal objetivo oficial: no tanto el asegurar un freno a la inflación, sino más bien tener un argumento para moderar la expectativa de incremento salarial ante la apertura de las paritarias.

Y es que en el verano ocurre otro capítulo importante, con posibles derivaciones de tensión social: la negociación de acuerdos salariales en gremios clave, que son tomados como referentes por el resto del mercado.

Se trata de los bancarios -en el ámbito privado- y de los docentes -en el área estatal-.

Como ocurrió el verano pasado, el Ministerio de Trabajo está interviniendo en la negociación bancaria, de manera de evitar que se envíe al resto del mercado la señal de un aumento demasiado alto -en torno del 25%-.

Pero el rubro conflictivo clásico es el de los docentes, una paritaria que sigue todo el país, primero por el alto impacto social de las huelgas de maestros, pero además porque tiene consecuencias importantes sobre las finanzas provinciales.

Como pasaba en los ’80, a medida que la inflación se hace más alta, los períodos de ajuste salarial empiezan a acortarse. Tanto que, a contramano del deseo oficial de firmar convenios largos, lo que está empezando a verse este verano es la proliferación de “aumentos puente”, que no son más que cláusulas gatillo disimuladas.

Para completar el clima ochentoso, sólo faltaba que alguien propusiera mudar la Capital fuera de la ciudad de Buenos Aires. Y ni siquiera eso faltó, porque el titular de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, hizo su contribución al revival.

IProfesional

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Emiliano Schwartz

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