Cristina y la “teoría de la ingratitud”: la clase media, gran beneficiada del modelo, es su oposición más acérrima

Oscilando entre el diálogo con los banqueros y las consignas de “ni un paso atrás” enarboladas por La Cámpora, el kirchnerismo dedica estas horas a examinar de qué manera recuperar parte de los millones de votos perdidos en apenas dos años.

A juzgar por los discursos de Cristina Kirchner y los análisis de las usinas del pensamiento K, el electorado que votó a la oposición se compone de tres categorías principales:

  • Los que desde siempre conspiraron contra el Gobierno y están detrás de las “corridas cambiarias”, como la que intentó desestabilizar a la Presidenta en 2011.
  • Los integrantes de la clase media que, a pesar de haber mejorado económicamente, atribuyen ese progreso a su mérito individual y no quieren reconocer que fueron beneficiados por “el modelo”.
  • Gente bien intencionada pero confundida por los medios, que recién se va a dar cuenta de los inconvenientes de los planes opositores, “cuando ya perdieron el laburo o les bajaron el sueldo”, según palabras de la Presidenta.

Los verdaderos beneficiarios del modelo
Con este panorama, el plan K para recuperar el terreno perdido luce complicado. Porque la fase actual de la economía está jugando exactamente en contra de los intereses kirchneristas.

Es que extrae recursos desde los sectores presuntamente afines al Gobierno y los lleva directamente hacia aquellos que tienen “cero falta” en los cacerolazos.

La propia Cristina se ha dedicado a enfatizar en sus recientes discursos cómo un sector de la sociedad viene experimentando una importante mejora en su poder adquisitivo.

Al punto de que la cantidad de argentinos que vacacionan en el exterior llegó a marcar un récord de siete millones. Y que, aun con cepo cambiario, gastan en sus viajes más de u$s6.000 millones por año.

Además, la Presidenta reafirmó como un pilar de su política económica el mantenimiento de los subsidios a los servicios públicos.

Y, con toda razón, explicó que esto implica ni más ni menos que una suba indirecta del poder adquisitivo, porque el porcentaje del ingreso familiar que no se destina a pagar boletas de gas o electricidad va directo a ser gastado en los shopping.

Lo que Cristina no explicó es que estos subsidios no benefician en forma pareja a toda la población, sino que ayuda más a quienes viven en Capital que a los que habitan en muchas provincias del interior (por caso, en Córdoba se paga en promedio un 150% más).

Y, por cierto, los subsidios del gas no se aplican a aquellas zonas del país donde no llega la red por cañería y debe comprarse la garrafa a precio de mercado.

Los economistas no vacilan en calificar a la política energética como insostenible.

“Ahora se hará muy difícil persuadir a los argentinos de que los costos de los servicios tienen que ser pagados por los usuarios. Después de todos estos años, volver a cobrar lo que las cosas cuestan va a ser traumático”, advierte el economista Ricardo López Murphy.

Pero, mientras tanto, los beneficiarios del dólar barato y las tarifas subsidiadas disfrutan de la situación.

Y se dan gustos, como por ejemplo comprar autos, rubro que este año tiene altas chances de batir un récord y alcanzar la cifra de 900.000 0km patentados.

Consumistas y enojados
A estos felices viajeros y consumidores se dirigió particularmente la Presidenta en su duro discurso post-elecciones primarias.

“Sé que aquel que consiguió trabajo, tiene un buen salario y tiene su auto, muchas veces dice ‘ya está’. No es así; si se cambian las políticas económicas, dejan de estar”, advirtió Cristina.

Es comprensible que quien mira estos números esté enojado y perplejo. A fin de cuentas, en 2009 la economía caía a una velocidad de 3% anual y el kirchnerismo tuvo un mejor resultado que ahora, cuando está creciendo a un 3,7%.

Esto lleva a que, ante el lapidario 26% de los votos obtenidos en las PASO, las evaluaciones desde el kirchnerismo exuden confusión.

Como describe el analista Jorge Asís: “Con la insistencia en la visión auto complaciente de su obra. Con la mitificación acerca de ‘todo lo hecho, lo avanzado’. Conste que son logros que lasociedad ingrata no le reconoce. Como si se tratara de la horrible consecuencia de los influyentes medios perversos de comunicación”.

La realidad es que, además de la antipatía que la Presidenta sospecha que le tiene la clase media de las grandes ciudades, hay fuertes argumentos económicos para su revés electoral.

Y es que, detrás de cada indicador de aparente bienestar, existe la contracara de un problema.

Así, el boom automotor está escondiendo la gran distorsión de precios provocada por la brecha entre el dólar oficial y el blue.

Esto es lo que ha hecho que, por ejemplo, un Volkswagen Gol que antes del cepo cotizaba a u$s11.848, ahora esté en torno de los u$s8.000, medido al tipo de cambio paralelo.

Es decir, la compra de autos se ha transformado en una actividad oportunista, lo cual queda evidenciado en el hecho de que los modelos que más se han vendido -un 40% por encima del año pasado- son los de alta gama.

En relación a la incidencia del blue, el analista Salvador Di Stefano destaca: “Pocas veces sucedió que haya 0km que valgan menos de u$s10.000, o autos importados de gran nivel que estén por debajo de los u$s25.000, sinceramente insólito”.

Pero esto tiene una cruel contracara: la cada vez mayor dificultad de los asalariados para teneracceso a la vivienda propia. En particular, para los que sólo disponen de pesos para ofrecer.

Volviendo al ejemplo del Volkswagen Gol, mientras hace dos años con el precio de ese vehículo se compraban 7,7 metros cuadrados, esa relación llega hoy al piso de apenas 4,3 metros por auto.

El cepo sí importó
A esta altura, todos los diagnósticos, incluyendo los oficialistas, aceptan que el cepo cambiario tuvo relevancia en el resultado electoral.

Tanto, que terminó pesando más que la incipiente recuperación de la economía registrada en el segundo trimestre del año.

“El crecimiento no alcanza para amortiguar el gran deterioro del ambiente económico, donde hay inflación, más déficit fiscal, problemas con la energía. Pero sobre todo el cepo cambiario es lo que ha hecho que el Gobierno enfrentara un gran desgaste político frente al electorado”, sostiene Diego Giacomini, analista jefe de la consultora Economía & Regiones.

Minimizada al comienzo como la preocupación de una minoría de “pudientes” a quienes sólo les preocupaba tener dólares para viajar a Miami, ahora se está percibiendo la gravedad real que trajeron las restricciones a la compra de divisas.

En Argentina, prohibir adquirir dólares equivale a una prohibición de ahorrar. Sobre todo, para los pequeños inversores, a quienes el mercado de capitales les resulta intrincado y riesgoso.

Como consecuencia de ello, quienes cuentan con algún excedente viajan y compran autos, mientras los productores sojeros “ahorran” con su propio producto, al punto que un 40% de la última cosecha sigue guardada en silobolsas.

Se da así el caso curioso de que el Gobierno pierde votos mientras la economía crece y se siguen produciendo récords de consumo en algunos productos, como los autos.

Lo paradójico es que, en este caso, la “profundización del modelo” no parece ayudar en términos electorales.

Por otra parte, una corrección que implique reconocer la inflación y apuntar al problema cambiario puede tener olor a “ajuste” y tampoco arrimaría votos. Todo un dilema.

La desilusión de la nueva clase media
El otro segmento que en su momento fue beneficiado por “el modelo” -y acompañó a Cristina con su voto- es el que los economistas llaman “la nueva clase media obrera”.

Es decir, aquel sector de asalariados que, gracias a la fuerza de los sindicatos a la hora de negociar las paritarias, han logrado durante varios años mejoras de sueldo por encima de la inflación.

Hace dos años, las remuneraciones crecían al 30% en promedio, mientras que el índice inflacionario marcaba un 22%, de modo tal que los salarios defendían su poder adquisitivo.

Ese panorama cambió. A diferencia de esos “puntitos de más” que antes se otorgaban, ahora los sueldos corren a la par de una suba de precios que, encima, tiene tendencia ascendente.

Para colmo, en lo que hace al desempleo, se oculta una situación bastante comprometida en el conurbano bonaerense, donde empieza a sentirse el efecto del estancamiento.

Otra vez comparando con la elección de 2011, en aquel momento la encuesta de la UCA marcaba un mínimo histórico (26%) entre quienes percibían que era difícil conseguir un puesto de trabajo, mientras que hoy casi un 50% siente que hay inestabilidad laboral.

Pero además está, por cierto, el tema del Impuesto a las Ganancias, erróneamente subestimado por el kirchnerismo como algo que afecta apenas a la parte superior de la pirámide salarial.

Un informe de la Fundación Mediterránea revela que un 28% de los trabajadores del área manufacturera es alcanzado por el impuesto. Es decir, integrantes de esa “nueva clase media obrera” que había vivido su auge en los años recientes, ahora ve diluirse esa mejora.

¿”Clientela” cautiva?
Por lo pronto, no parece que haya grandes cambios de rumbo, a juzgar por las recientes palabras del viceministro Axel Kicillof.

“La economía se mueve a pesar de los presagios derrotistas y de la mala onda de la prensa dominante y de los profetas de la derrota que nacen en los charcos de podredumbre cada dos años, en los períodos preelectorales”, disparó días atrás.

No obstante, hay dentro del Gobierno quienes marcan las necesidades de realizar retoques como única forma de recuperar el terreno perdido en las urnas.

Uno de ellos es Artemio López, analista de opinión pública, que suele defender la tesis de que ningún factor extra económico -como las denuncias de corrupción, por ejemplo- pueden hacer mella en el electorado kirchnerista.

López sostiene que entre los votantes del oficialismo hay una mitad que componen el “núcleo duro” -votan con convicción ideológica, cualquiera sea la circunstancia- y otra mitad volátil que decide según las variables de empleo y consumo.

Esa mitad coincide bastante con los votos que el kirchnerismo perdió desde 2011. Pero lo curioso es que López se mostró sorprendido del resultado, ya que en su diagnóstico previo la economía debía jugar a favor del Gobierno.

“Llama mucho la atención que los sectores populares no hayan respondido a la oferta delFrente Para la Victoria”, señala López.

Y agrega: “Hay que revisar qué está pasando ahí, porque la provincia de Buenos Aires recibe el40% del monto total de Asignaciones Universales por Hijo, además de transferencias para obras públicas, y evidentemente eso no se está traduciendo en votos”. 

Su consejo es contundente: “Hay que dejar de mirar tanto a sectores medios y opinión pública y mirar más a las demandas de los sectores populares, que fueron históricamente más fieles”.

Es posible que López esté subestimando el efecto de la inflación y el deterioro en el empleo, así como sobreestimando la influencia de los planes sociales.

Al respecto, una investigación del economista Federico Muñoz arroja que los beneficiarios de laAsignación Universal por Hijo conforman un 10% del padrón, pero que “la universalidad del programa diluye su eficacia como herramienta clientelar”.

Es por ello que afirma que “la porción del electorado que ‘cobra cheques’ del Estado nacional es mucho menor que la que el mito popular sostiene” y que, en consecuencia, el correlato de estos programas en votos está sobredimensionado.

IProfesional

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Emiliano Schwartz

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