“Gasoleros, otra vez: la clase media recorta y resiste”

Es docente (o no). Es empleada (o no). Es comerciante ( o no). Tal vez una de las cuestiones más llamativas de esa nebulosa social a la que por comodidad se le dice “clase media” sea ésa: la multitud de vidas que se trepan a este mismo tren en cierto modo indefinible, porque en él parecen entrecruzarse todos los extremos. El que estudió, y el que no, o no tanto. El que es dueño de su casa, y el que no la tiene. El que manda a su hijo a un colegio privado, y el que no, y así hasta el infinito.

Hace ya tiempo, apuntan los sociólogos, que el ingreso dejó de ser un criterio fiable para hablar de esta clase que alguna vez fue nuestra marca de agua en América latina, y que en la Argentina vuelve a caminar por la cuerda floja económica, ajustando gastos y cuestionándose hasta qué punto la capacidad de sobrevivirlo todo, en un país en el que la imprevisibilidad es una quimera, es algo de lo que hay que sentirse orgullosos.

En el informe La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina , el Banco Mundial asegura que en una década (de 2000 a 2010, y sólo en la región) 50 millones de personas salieron de la pobreza y se integraron (bien o mal, según el caso) a la clase media. Pero, mirando el fenómeno algo más de cerca, se advierte que -según los criterios allí expuestos- de clase media es aquella familia de cuatro miembros que dispone de al menos de US$ 40 por día. Traducido a moneda local, hablamos de un piso mínimo de $ 9600 al mes (cifra con la que no todos los hogares autodefinidos como “de clase media” cuentan) para costear todos los consumos del mes, cosa que tampoco todos los hogares autodefinidos como “de clase media” logran.

Así lo explica la economista Victoria Giarrizzo, egresada de la UBA y especializada en analizar cómo la macroeconomía impacta en la de todos los días. “Las familias están teniendo problemas cada vez más serios, porque a raíz de la inflación y la menor actividad, hace tiempo que sus ingresos no logran ganarles a los precios. Los trabajadores autónomos o vinculados a la venta de servicios son los más castigados, junto a los que trabajan en la economía informal”, precisa. “Hoy, de todos modos, más que de estrategias de supervivencia como las que se pusieron en juego en la crisis de 2001, lo que podemos ver son estrategias de resistencia. En otras palabras, las familias notan que sus ingresos ya no alcanzan para mantener lo que se venía consumiendo en el hogar, y activan mecanismos para no resignar estándard de vida. A fuerza de superar crisis, las familias argentinas tienen almacenado ese comportamiento en su ADN y cuando lo necesitan, lo activan. Como ahora.”

Así, mientras la clase media española le cuenta a quien quiera oírla que el sueño se terminó, la clase media argentina dice que hay vida después del sueño, y de la pesadilla. Que después de tanto todo (emigración, desempleo, club del trueque y siguen las firmas) ha llegado tal vez a su más logrado avatar: el de la clase anfibia. Esto es, un grupo humano multifacético y todoterreno, capaz de desplegarse y volar algunas veces, pero también capaz de hacer esto que hace ahora: contraerse y resistir como se pueda.

Distintos indicadores lo reflejan: el taxi, la peluquería y las salidas a comer se espaciaron o suspendieron; las tarjetas de crédito redujeron los planes de pago en cuotas sin interés, mientras son cada vez más los que no pagan mensualmente su resumen; aumentaron las cuotas de colegios privados y los alimentos incrementaron sus precios en un inalcanzable 185% desde 2007.

La reacción es lógica. Cercada por un gobierno que la detesta explícitamente (la Presidenta adora citar mal a Arturo Jauretche sólo para poder reírse del “medio pelo” nacional y no popular) y la inflación comiéndole a tarascones todo lo que genera, quienes hoy viven de un ingreso no necesariamente fijo se sienten verdaderos Tupac Amarus sociales, tironeados entre las deudas, los sueños de clase y una sola certeza: hay que pasar el invierno. O el Gobierno, que para el caso es casi lo mismo.

Según el crítico y escritor Marcos Mayer, a punto de editar un libro sobre la cultura política en esta última década, “históricamente la clase media ha pasado de ser una amenaza a un sinónimo de idiotez más o menos útil. Allá por 1880, Miguel Cané llamaba a «rodear a nuestras mujeres» como la forma desesperada de evitar que se colaran los integrantes de esa nueva clase media que surgía a partir de la ola inmigratoria. Dentro de la clase media hay sectores que se dedican a fustigar de múltiples maneras a sus colegas de origen social. Esa disputa es la que se reproduce en estos tiempos: gente de clase media acusa a los demás del pecado de serlo”.

CONDENADOS AL DÉBITO

Los sectores medios parecen ser hoy un compilado de medianías. De sueños y deseos hasta la mitad, que es también hasta donde suele alcanzar el sueldo, y las fantasías. De allí las mezclas más extrañas: colegio privado con súper de descuento, prepaga con vacaciones de cuatro días. De allí también los proyectos (como el de la casa propia) arrumbados hasta nuevo aviso.

“En estos 10 años ha habido mejoras en el ingreso de los sectores medios, pero que eso no las hace menos vulnerables a las crisis”, asegura Eduardo Amadeo, sociólogo y ex ministro de Desarrollo Social de la Nación. “Las crisis a repetición, que pueden hacer perder ahorros y empleos, pero sobre todo la persistencia del cortoplacismo en temas esenciales como el ahorro y el crédito largo, conspiran contra la consolidación de la movilidad social de los sectores medios y medios bajos. Argentina tiene la mitad de crédito hipotecario que Brasil y un décimo de lo que tiene Chile. Es por esa razón que, según lo muestra la comparación entre los censos de 2001 y 2010, cada vez hay más inquilinos y menos propietarios”, apunta.

Ya pasó. Ya nos pasó. Pasó en 1985, en 1989, pasó en 2001, por sólo nombrar los casos más recientes. Será por eso que, para quienes han sobrevivido a la “malaria” tantas veces, las señales están en todos lados. En los envases cada vez más pequeños, en la gaseosa vuelta artículo suntuario, en las promociones que no son tales, en la brevísima vida de un billete de cien pesos.

Esther, vecina de Floresta, las lee sobre todo en los estantes semivacíos del supermercado de descuento al que se “mudó” hace más de un año. “Fijate: aceite hay uno solo bueno, y no podés llevar más de dos litros. Con la leche es igual. Y acordate que cuanto más tiempo pase va a ponerse peor”, pronostica. “Ponerse peor”, dice, como si la economía fuera un paciente y la inflación, su enfermedad terminal. Pero algo de eso hay: algo de memoria y algo de secreto. Algo de lo que se conoce porque ya se lo vivió, y algo de lo que daña de sólo mencionarlo. Así lo entiende Laura Orsi, psicoanalista y coautora del libro Psicoanálisis y sociedad , quien asegura que la inquietud ya llegó al diván, otro hábitat natural de la clase media nativa.

“Con la «sensación de inflación» se han reactivado los fantasmas de pérdida de la calidad de vida. Hay una gran ansiedad respecto del futuro y por eso algunos se estresan, otros se paralizan o se deprimen. Pero lo central es que todos se achican: cambian de colegio a los chicos, salen menos y van menos al psicólogo aunque lo necesitan para superar los miedos y la impotencia, y maquillan el malestar con psicofármacos. Lo peor de todo es que resulta muy difícil tomar decisiones. La incertidumbre respecto del porvenir nos vuelve cautelosos y nos inmoviliza”, advierte.

Así, torpedeada con discursos de barricada emitidos desde Puerto Madero y acusada de ser la causa de casi todos los males nacionales, la clase media se vuelve el enemigo más inesperado y rendidor. Pero, como detalla Amadeo, también esto es puro relato: “El kirchnerismo agrede a la clase media porque en su desorden económico toma decisiones de control microeconómico que la afectan. El resto de las agresiones es el resultado de un enorme desorden conceptual y comunicacional, que lo lleva a mezclar a los sectores medios con los «intereses oligárquicos»”.

Sin embargo, nada de patricio hay en el interior grisáceo del supermercado de descuento, frío y feo como él solo. Aquí, al tiempo que se consultan listas escritas en casa, se apura el paso para quedarse con el último champú en promoción. Aquí, en una versión doméstica y desvencijada de la teoría de los seis grados, se teje con los otros (perfectos desconocidos) una red de saberes útiles. “Ojo que acá los quesos ni conviene comprarlos. Hay que ir al mayorista de la esquina”, dice en voz alta una señora frente a la heladera donde los quesos toman frío panza arriba, como sabiendo que -a estos precios- nadie osará interrumpir su gélido descanso. “Guarda también que el caldo en oferta es nada más que el de gallina, eh. No se confundan”, evangeliza a su turno un hombre de carrito franciscano, mientras avisa que en el supermercado de Avellaneda “el azúcar está casi tres pesos menos”.

Mirándolos, nadie podría decir que son pobres; van bien vestidos, tienen zapatos buenos. Pero, se sabe, si algo les gusta a las apariencias es justamente engañar. Y. para quienes pagan regularmente servicios, salud y educación, cuotas y facturas, hoy vuelve a pasar lo que hacía rato no pasaba: tener que elegir, porque plata para todo no hay. Caminar, vestidos con relativa elegancia, diez cuadras más para gastar cinco pesos menos.

“Cuando la crisis o la sensación de empobrecimiento deja de ser privada ya no se la esconde. El argentino oculta la caída como cosa personal. Pero, desde la experiencia de 2001, lo que quedó grabado en la experiencia de la gente es que cuando la «malaria» nos afecta a todos, la impostura se guarda en el bolsillo y se pierde la vergüenza de decir que la plata no alcanza. Hasta comienza a verse como algo bueno cuidar la plata y mostrarse más inteligente que el otro en materia de gastos”, apunta el economista Tomás Bulat, que acaba de publicar el libro Economía descubierta(Ediciones B).

RECUERDOS DEL FUTURO

Entonces el ingenio, ese que según dice el refrán nunca descansa, echa mano de cuanta cosa se le ponga delante y prometa pagar menos. El caso de Mariana, una empleada de 50 años que vive en Las Cañitas, es revelador: dos veces al mes, ella y su marido van al Mercado Central y vuelven con el auto atiborrado de bananas, acelgas y mandarinas. “Lo que usamos mucho también son los cupones de descuento, las tarjetas de club para cuando salimos a comer y cosas así. Antes ni nos fijábamos, pero hoy estamos con cuatro ojos y ves que todo el mundo está en la misma”, dice.

Mariela Mociulsky, directora de la consultora Trendsity, especializada en análisis de consumo, confirma y agrega que hoy hasta los dos bastiones de resistencia de la clase media (educación y salud) comienzan a acusar el impacto de una inflación que lija los bolsillos. “En nuestras investigaciones comprobamos que son dos rubros emblemáticos y rara vez se negocian. La educación es clave para la salida laboral futura de los hijos y la salud es el hoy, muy concreto e ineludible. El punto es que hoy estamos notando que en las prepagas se buscan planes que demanden una cuota menor y, respecto de la educación, se negocian pagos en cuotas y, llegado el caso, se cambia de colegio. Los recortes concretos se ven en los viáticos (se deja el auto por el transporte público), se restringen las salidas y se planifican los días de compra”, explica.

Ana, una periodista de 47 años casada y con dos hijos adolescentes, aclara aún más el plan: “En vez de galletitas, pan y mermelada; en vez de delivery, comida casera; la ropa se compra en losoutlets o se la pide específicamente al resto de la familia como regalo de cumpleaños y, en vez de fraccionados, todo en envase familiar, que siempre es más conveniente”. Con el budín inglés convertido casi en un artículo de lujo, Ana convida galletitas de limón y sigue dando detalles de su particular diario del ajuste: “Me voy hasta Carapachay a buscar el boleto escolar y los libros del colegio los compro en ferias de usados. ¿Para los regalos? Mercado Libre o ferias artesanales”, explica.

No, definitivamente ni ella ni todos los demás lucen como exponentes de la patria sojera. Son, apenas, personas que tratan de vivir de su trabajo. Son, bien mirados, los nuevos superhéroes que supimos conseguir.

La Nación

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Emiliano Schwartz

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