“La era del ciudadano-consumidor”

El consumo fue hasta aquí uno de los pilares fundamentales del modelo económico vigente. Oportunamente, Néstor Kirchner “leyó” la principal demanda de aquella sociedad vapuleada por la crisis: volver a ser. Lo que implicaba recuperar su idiosincrásica característica de clase media, reconstruyendo así tanto la autoestima individual como colectiva. Cristina Fernández de Kirchner profundizó la misma visión estratégica. Incentivar el consumo se transformó en una política de Estado para toda la gestión K. El Gobierno y una buena parte de la sociedad establecieron un pacto implícito que resulta fundamental para comprender la lógica del poder en los últimos nueve años: empleo y poder adquisitivo a cambio de apoyo y votos. No se trata de desconocer la adhesión ideológica, pero sí de reconocer la trascendencia del factor socioeconómico como vector relevante en el acuerdo de una visión de país.

Concluido el primer semestre del año, todos los indicadores dan cuenta de una brusca desaceleración en la dinámica de la economía cotidiana, esa que la sociedad registra claramente. Lo que bien podríamos llamar “la economía de la calle”. ¿Hasta dónde la retracción del consumo puede afectar el vínculo entre el Gobierno y los argentinos? ¿Estamos frente a un fenómeno de carácter coyuntural o asistimos al comienzo de un cambio estructural que podría alterar todo el mapa político?

Ambos interrogantes son pertinentes, si adherimos a la tesis planteada por uno de los principales sociólogos contemporáneos, Zygmunt Bauman, quien sostiene que “hemos dejado atrás la sociedad de productores” típica del siglo XX para “ingresar en la sociedad de consumidores”. Desde esta nueva óptica, el consumo se ha transformado en soporte esencial de la identidad ciudadana. “El «pienso, luego existo» de Descartes -dice Bauman- ha sido reemplazado por el «compro, luego existo».”

Vivimos en la era del ciudadano-consumidor, donde los ciudadanos votan, en gran medida, de acuerdo con las respuestas que los gobernantes les dan a sus deseos de consumo. Algo que resulta completamente razonable si finalmente es esta capacidad, la de consumir, la que termina definiendo buena parte del espacio y los roles que cada uno ocupa en la sociedad.

La presidenta argentina y gran parte de sus principales funcionarios han mencionado reiteradas veces que coinciden con una visión de la economía que cabría sintetizar como de impronta keynesiana o de peronismo clásico, donde el empleo y el consumo ocupan un lugar central. El problema es que, trascurrida ya la primera mitad del año, los números señalan que los hechos comienzan a no condecirse con los dichos. Así como hasta 2011 el consumo crecía de manera homogénea prácticamente en todos los sectores, ahora se ha estancado con similares niveles de homogeneidad. Se frenó todo.

Analizando las cifras en perspectiva, el primer semestre del año tiene un título claro: fuerte desaceleración. La venta de autos 0 km en el mercado interno, que en 2010 creció +32% y en 2011 creció +27%, en este primer semestre lo hizo apenas un 3,5%. En electrodomésticos -deflacionado- hubo un +5%, contra +30% en 2010. Los shoppings, que venían de crecer +12% en 2010 y +6,8% en 2011, en este primer semestre ya no crecieron. En alimentos, bebidas, cosmética y limpieza se registró un +1,7%, cuando en 2010 había sido de +3,9% y, en 2011, +2,4%. Supermercados: +0,9%. En 2010, +5,1%, y en 2011, +1,5%. Todos deflacionados.

Los indicadores que tienen directamente números negativos se dan en varios sectores. Las ventas de motos caen -3,5%. La moto es un bien icónico que expresó en esta década la recuperada movilidad social ascendente y la política de inclusión (la moto es el auto del que no llega al auto). Sus ventas habían crecido +54% en 2010 y +27% en 2011. El índice que elabora CAME y que monitorea sistemáticamente más de 700 pequeños comercios de 22 rubros -desde indumentaria, calzado, y bijouterie hasta neumáticos y ferretería- registra un retroceso del -1,9%. En 2010 y 2011 era fuertemente positivo: +6,2% y +6,8%, respectivamente.

Y finalmente, el sector del consumo más afectado: el rubro inmobiliario. El índice de demanda de inmuebles, generado mensualmente por el CDI y elaborado en función de la información oficial sobre la recaudación del impuesto a la transferencia de inmuebles que genera el Ministerio de Economía, presenta una caída de -9% en el semestre. En 2010 fue +24% y en 2011, + 20%.

Naturalmente la macroeconomía está fuertemente conectada con la microeconomía. El Indicador Sintético de la Actividad de la Construcción que mide el Indec registra una retracción de -0.8% en el semestre. En 2010 crecía +11% y en 2011, +8,7%. Los despachos de cemento caen -4,6%. El año pasado crecían +11,5%. En el mismo sentido, el organismo oficial registra una caída de la actividad industrial de -1,1%, mientras que en 2010 era +9,7% y en 2011, + 6,5%.

Acorde con la caracterización del ciudadano-consumidor, se registra una alta correlación entre la evolución del Indice de Confianza de los Consumidores (ICC) y el Indice de Confianza en el Gobierno (ICG). Ambos son publicados por la Universidad Torcuato Di Tella. Tomando como punto de inicio enero de 2012, cayeron 24% el ICC y 33% el ICG. Lo mismo revelan las encuestas de opinión pública presentadas por reconocidas consultoras especialistas en el tema. La imagen del Gobierno ha caído cerca de 20 puntos en los últimos 8 meses.

Resulta prudente aquí detenerse en el repaso de las cifras y ahondar en el análisis para no sacar conclusiones apresuradas. Es cierto que, como patrón general, el consumo dejó de crecer y de manera más brusca de lo esperado en este primer semestre del año. Y también que esto ha afectado la imagen del Gobierno. Tan cierto como que, por el momento, el consumo sigue asentado sobre bases sólidas porque había crecido significativamente en los últimos 9 años. Y que esa imagen del Gobierno que se deteriora lo hace desde guarismos altísimos: 65 a 70 puntos de imagen positiva.

Considero más relevante analizar qué puede suceder de aquí en adelante antes que paralizarnos por las cifras que ya son un hecho consumado. Los motivos para este freno pueden ser múltiples. Podemos citar desde el importante retraso en alcanzar los acuerdos salariales -a mi modo de ver una de las principales causas, dado que dejó a la gente varios meses con toda la inflación, pero sin los nuevos sueldos que le permitieran compensarla- hasta el “cepo” y los “ruidos” con el dólar, el efecto de las restricciones a las importaciones sobre algunas cadenas productivas, la pérdida de competitividad de algunos sectores, el efecto de la inflación, el freno en la generación de nuevos empleos, el exiguo crecimiento de Brasil, y la incertidumbre generada por la crisis europea, entre otros. Todo esto hizo que los consumidores se volvieran más cautelosos y que recuperaran una pregunta que habían archivado en los dos años anteriores: “¿es necesario?”. Hoy la gente antes de comprar lo piensa dos veces.

Aún así, siguen coincidiendo con varios elementos centrales de lo que se ha dado en llamar “el relato”. Consideran que es cierto que en estos años se creció mucho, se recuperó la dignidad del trabajo y con ella la capacidad de consumir. Opinan que es verdad que muchos pudieron volver a comprar sus marcas preferidas, renovar su casa, irse de vacaciones, comprarse su primer auto o moto e incorporarse al mundo de la tecnología. Y que todo esto mejoró su autoestima y su calidad de vida. Lo novedoso es que, del mismo modo, empezaron a registrar, especialmente en este primer semestre de “enfriamiento”, que el dinero ya no les alcanza para todo lo que necesitan, que les cuesta más que antes mantener lo conseguido en estos años y que su trabajo quizás ya no sea tan seguro. En este sentido, el clima no es exactamente el mismo que cuando se votó en octubre de 2011. La sociedad está expectante y preguntándose si puede continuar confiando en el futuro o si debe volver a estar alerta.

No convendría, de todos modos, concluir prematuramente. Como quedó demostrado, el Gobierno conoce claramente las reglas del juego que impone la era del ciudadano-consumidor. Hasta aquí, cuidar el empleo e incentivar el consumo ha sido una de sus estrategias clave. ¿Podrá reeditarla? La respuesta está abierta. Y dependerá tanto del contexto externo como de la propia gestión. Lo que es bastante más fácil de prever es su intención. Seguramente lo intentará. Algunos dirán que por convicción. Otros, que por conveniencia. En 2013 hay elecciones.

Guillermo Oliveto

La Nación

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Emiliano Schwartz

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