“La silenciosa revolución de la sensatez”

Una revolución silenciosa comenzó en el consumo y tiene el potencial de trastocar los valores de nuestra sociedad. Es la revolución de la sensatez.

Al momento de comprar, los argentinos están dejando atrás un carácter más impulsivo y pasional, hijo del vértigo y la volatilidad en la que nos formamos y vivimos, para explorar conductas más reflexivas y moderadas, fáciles de encontrar entre los europeos.

En las preferencias de los consumidores ganan terreno distintas opciones, como las aerolíneas low cost o los outlets premium, entre otras.

A modo de muestra: en un mercado que bate récords -6,4 millones de pasajeros entre enero y mayo, +17% vs. el año pasado y +62% vs. 2015- las aerolíneas de bajo costo -Norwegian, Flybondi, JetSmart- tuvieron el mes pasado el 19% del mercado de vuelos nacionales. El Palomar se transformó en el séptimo aeropuerto del país en cabotaje y creció en lo que va de 2019 361%, comparado con el año pasado. En solo 5 meses pasaron por allí casi 472.000 usuarios, el 10% del movimiento de Aeroparque.

“Ahora pienso antes de comprar, ya no me muevo tanto por caprichos”; “Ahorramos en gas, luz, combustible… ese golpe que te pegaron nos sirvió para cambiar hábitos”; “Antes prendía 4 estufas y me desabrigada toda y después salía al frío y me enfermaba más”; “Me bajé del auto. Ahora tomo subte. Anda bien y llego más rápido”; “Esto es más real que el derroche de dejar la ducha para que se caliente el baño”, son algunas de las expresiones que marcan el giro en los comportamientos y que relevamos en nuestros estudios cualitativos 2019.

La lectura más simple y lineal es “culpar” a la crisis económica de este forzado cambio de hábitos. Y en buena parte ha sido un factor determinante. ¿Quién podría ponerlo en duda? Una retracción del 16% del poder adquisitivo de los hogares, como se vivió en 2018, altera cualquier hábito consolidado.

Sin embargo, quedarse solo con eso sería ver apenas la punta del iceberg. Algo más sustancioso está ocurriendo en las profundidades de la trama social. ¿Qué mensaje nos está mandando nuestra dimensión consumidora sobre nuestra condición ciudadana?

La economía del país y la de su gente se vieron, en simultáneo, forzadas a ordenarse. El proceso fue muy doloroso y agobiante. ¿Cuando la economía mejore volveremos a comprar como antes y ya está, ya pasó todo? ¿Será así? ¿O, por el contrario, como ha sucedido con otras disrupciones económicas, quedará un residual que alterará para siempre nuestra forma de ser?

Lamentablemente, tuvimos que padecer la hiperinflación en el final del gobierno de Alfonsín y en el comienzo del de Menem para comprender lo dañino que era. Fue de más del 3000% en 1989 y del 2300% en 1990. Luego tuvimos que padecer el “hiperdesempleo”, que llegó a ser del 24% en mayo de 2002, para ponerlo de manera permanente en el centro de la agenda política, económica y social. Cuatro años después, en el tercer trimestre de 2006, todavía era del 10,2%, casi el mismo valor que acaba de publicar el Indec: 10,1% para el primer trimestre de 2019. Hoy no tenemos ni hiperinflación ni hiperdesempleo, pero todavía, muchos años después de aquellos episodios traumáticos, lidiamos con valores muy altos para ambos problemas.

Al mismo tiempo, el Ministerio de Hacienda anunció para mayo un superávit fiscal primario -ingresos menos gastos operativos, sin contar intereses de la deuda- de $26.000 millones y un acumulado anual de $36.800 millones. Es decir, el Estado nacional ya gasta mensualmente menos de lo que genera y se encamina a cumplir su objetivo anual de déficit fiscal primario cero.

Habiendo sufrido los ciudadanos las consecuencias del fuerte ordenamiento que tuvo que hacer el Estado en sus cuentas, ¿qué aprendizajes nos quedarán de este nuevo episodio traumático?

El sociólogo coreano Byun Chul Han advierte en su libro La expulsión de lo distinto que crece en la sociedad global una peligrosa positividad de lo igual, donde por temor a la exclusión se elude el conflicto y se impone la cultura del “like”. Todo sea por pertenecer y recibir la señal de aprobación que llega desde las redes sociales. Señala que eludir el conflicto no solo no lo resuelve, sino que a la larga conduce a un lugar peor: la depresión. Propone así abordarlos en lugar de eludirlos, dado que “muestran un aspecto constructivo. Las relaciones e identidades estables solo surgen de los conflictos. La persona crece y madura trabajando en los conflictos”.

Lo que acabamos de vivir fue un conflicto que puso a los argentinos frente al espejo. El tener que bajar un escalón cediendo gratificación y viendo limitadas las posibilidades desafió una vez más nuestra capacidad de adaptación y resistencia. Incluso puso en cuestión la identidad. ¿Quién soy yo si ya no puedo hacer lo que hacía ni vivir como vivía?

El conflicto, justamente, nos hizo preguntarnos qué queremos, qué podemos y qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo. Cuáles son nuestros límites y qué valores nos guían.

Interrogados en este sentido sobre qué país desean a futuro en la última investigación cualitativa y cuantitativa que acabamos de concluir en Consultora W el 14 de junio, los ciudadanos distinguen tres grandes dimensiones: el orden, el proyecto y la calidad de vida. Engloban dentro del “orden” todo aquello que hace a una convivencia con premios y castigos, donde se garanticen los derechos y se pueda cuidar lo que cada uno logró. Dentro del “proyecto” demandan tanto un sentido que oriente, entusiasme y organice como pruebas concretas y tangibles que evidencien el avance y el progreso. Y finalmente, alrededor de “calidad de vida” aglutinan todos los aspectos vinculados con su cotidianeidad económica, desde tener trabajo hasta acceder a los consumos que desean.

Más allá de lo que muchos podrían suponer, comenzando a salir de un proceso tan traumático se registra en la sociedad una ecualización del imaginario futuro bastante más compleja de lo previsible.

Lo que indica, al menos, que la gente está eligiendo salir del conflicto pensándolo y no eludiéndolo. Sopesando causas y consecuencias. Poniendo todo en la balanza. Criticando, enojándose, padeciendo, pero también ejerciendo la introspección y la autocrítica. Es decir, de un modo sensato. En simultáneo, los argentinos, lentamente, están volviendo a poner la mirada en el porvenir. Hoy el 66% piensa que el país tiene una buena oportunidad para crecer y desarrollarse en los próximos 10 años. En el mes de abril ese valor era apenas del 51%.

Si esta silenciosa revolución de la sensatez toma finalmente el poder de las mentes y los sentimientos de los ciudadanos, trascendiendo el ámbito inicial del consumo para adentrarse en los valores, todo lo que se diga y se haga será evaluado, de ahora en más, con otro rigor. La propuesta de valor que cada quien ofrezca será sometida a un exhaustivo escrutinio por parte de una sociedad que habrá elegido crecer y madurar.

Vale tanto para las empresas y las marcas como para los gobiernos y los políticos.

 

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“Crisis en Argentina: por qué hay que ir a 3 tiendas para comprar un producto”

Que si en internet, que si en mayoristas, que si en clubes de trueque. Que con promociones, que con tarjetas de descuento, que lunes de alimentos y martes de productos de limpieza.

Comprar en Argentina puede ser un trabajo de tiempo completo. Según dos estudios recientes, cada vez son más los canales que los argentinos frecuentan —entre tres y cuatro en promedio— para hacer sus compras de rutina. Que si el supermercado, que si el chino, que si la verdulería.

Aunque la diversificación de la compra es una tendencia global, las constantes crisis económicas en Argentina han llevado la práctica a niveles que no se suelen ver en otros países.

El formato de la promoción, por ejemplo, existe en todas partes, pero acá se lleva a otro nivel: te dan cupones, te asignan días, te regalan tarjetas de afiliación, te entregan un folleto del tamaño de un periódico. Y prometen: 2×1, cuotas sin interés, 70% de descuento en el segundo producto.

Es abrumador, pero inevitable: el 90% de los argentinos, según encuestas, aseguran que usan los mecanismos de promociones ofrecidos por los comercios. El doble de lo que ocurre en EE.UU., país pionero en estos esquemas.

Protesta en Argentina

Debido a que Argentina ha tenido una alta inflación casi todo el tiempo desde los años 30, las tácticas de la gente para comprar al precio más bajo han desarrollado una arraigada cultura del rebusque.

Y en tiempos de crisis como ahora, cuando los precios han aumentado un 54% en el último año, según cifras oficiales, esa cultura toma vuelo y se instala en la psiquis de cada argentino.

“Ilusión de compra inteligente”

El 95% de los argentinos dijo recientemente que va a regular sus compras por la crisis, según Trendsity, un centro de estudios de tendencias y mercados.

Su directora, la psicóloga Mariela Mociulsky, asegura que “al tener la necesidad de regular los consumos, se genera la ilusión de la compra inteligente“.

Precios Ciudados en Argentina

“Dedicarle tiempo y esfuerzo a encontrar el mejor precio ya es una fuente importante de angustia”, le explica Mociulsky a BBC Mundo. Los precios cambian tanto que el mismo producto se puede encontrar a costos muy disímiles según el lugar.

“Pero imaginate lo que es cuando el comprador se da cuenta, después de hacer la compra, que se metió en una promoción engañosa o que podía conseguir la leche a mejor precio en otro lugar”, añade.

Mociulsky indica que la mayoría de los argentinos, según sus estudios, se califican a sí mismos como de clase media, no importa si son de alta o de baja. “Eso hace que sus estándares de consumo sean relativamente altos”, asegura.

Y aunque Argentina llegó a tener una amplia clase media en la primera mitad del siglo XX, la pobreza y la desigualdad han aumentado durante las últimas cuatro décadas, dominadas por la inflación, las devaluaciones y la incertidumbre económica.

Dolar en Argentina

La ilusión de ser de clase media, sin embargo, se mantiene. Y con ello la voluntad de no perder ciertas costumbres que se intentan mantener a través del rebusque.

Pero esa idea de oportunismo a veces genera una ilusión de que se esta comprando al mejor precio: “Una de compra inteligente”, en palabras de Mociulsky.

El problema es de fondo

El gobierno de Mauricio Macri ha intentado varias estrategias para contener esta angustia de la gente.

Su último gran anuncio en este sentido, el mes pasado, lo hizo desde la sala de la casa de una vecina de Buenos Aires que votó por él, pero estaba descontenta.

Vamos a generar alivio a corto plazo“, le dijo Macri, sobre un esquema de control de precios de un centenar de productos básicos.

En su momento, varios medios reportaron que los comerciantes y supermercados habían remarcado los precios antes de que se congelaran, una práctica similar a la que se reporta en los días previos de las jornadas de descuentos como Black Friday.

Verdurazo

“Sí, subimos los precios, pero no por el acuerdo de precios (del gobierno), sino porque lo teníamos pensado hace meses”, confirma a BBC Mundo el gerente de una multinacional agroalimentaria que da pérdidas hace varios años en su operación argentina.

“Los precios aumentan por la inercia inflacionaria, no porque haya un complot“, afirma.

Macri también intentó hace un par de años regular lo que acá llaman la “letra chica” de las promociones; esos “términos y condiciones” que a veces son confusos o leguleyos y entre líneas pueden esconder un engaño.

La idea era, entre otras, que las empresas dieron información en internet de manera más didáctica. Pero según los expertos del sector, las prácticas engañosas se mantienen.

Y mientras no haya una solución a la inflación, estiman, comprar en Argentina seguirá siendo un abstracto trabajo de tiempo completo.

BBC News

“Los nuevos hábitos que dejó la crisis en la clase media”

El consumo tiene una gran relevancia para la clase media. Desde sus orígenes. Siendo un colectivo social que en nuestro país ganó tamaño y densidad en muy pocos años -de 800.000 habitantes en 1895 a 6 millones en 1947, según los pioneros estudios del prestigioso sociólogo italiano Gino Germani-, los productos, los servicios y las marcas a las que podía acceder tenían un poderoso doble efecto. Generaban la natural satisfacción que trae “tocar” el progreso.

Y, a su vez, expresaban ante la mirada de los demás la velocidad y la consistencia en la movilidad social ascendente que reafirmaba su identidad. Es en esta génesis en que hay que bucear para comprender el impacto que tiene el consumo en el humor social de la clase media.

Una clase que se define a sí misma como hija del trabajo. Honra de este modo los valores legados por sus padres, abuelos y bisabuelos inmigrantes. Aquello a lo que puede acceder le permite verificar de manera concreta el sentido de su esfuerzo y, hasta en algún punto, sentir orgullo por un recorrido que encadena varias generaciones. Perder capacidad de compra, ver limitado su acceso, ceder gratificación, tener que “bajar un escalón” cuestiona dicho sentido, y por eso enoja, duele. ¿Para qué trabajo tanto si al final no puedo, no llego? Esta parecería ser la pregunta retórica que lastima e incomoda al estrato social que se autodefine como “ni rico ni pobre” cada vez que un ciclo restrictivo altera su bienestar.

El prisma a través del cual registra, procesa, analiza y siente lo que sucede es mucho más pragmático que ideológico. Y esto hace que su humor y sus preferencias sean tan volátiles como su bolsillo. Para bien y para mal.

Hoy el bolsillo sufre. En 2018 los salarios perdieron, en promedio, 12% de su poder adquisitivo. Y los ingresos de los hogares (salarios más cantidad de personas que aportan dinero al hogar) cayeron aún más: 16 por ciento.

Hasta ahora, en los primeros 100 días de 2019 poco cambió. Es lógico entonces que el consumo continúe cayendo. En los productos cotidianos, “la heladera y la alacena”, un 7%, de acuerdo con los datos de Kantar y Scentia. En bienes durables, entre 15 y 45%, según el rubro. Si hubiera que definir con un color cómo está el humor de la clase media, hoy resulta muy difícil escapar de la “escala de grises”.

Para la “clase media alta” (17% de los hogares del país, entre $50.000 y $130.000 de ingresos familiares por mes), “los puntos del dolor” se encuentran en verse más distanciados de ciertos consumos vinculados con el placer, el confort o la tranquilidad. Dejar de viajar o hacerlo menos frecuentemente; suspender proyectos como cambiar el auto, modificar el lugar de vacaciones, salir menos, comprar menos ropa, renovar más espaciadamente la tecnología, dar de baja servicios, tener que pasar a segundas marcas en ciertas categorías de alimentos y bebidas, pensar en cambiar de prepaga.

Para el otro gran grupo que compone la clase media, que es la clase media baja (28% de los hogares del país, entre $30.000 y $50.000 de ingresos familiares por mes), los “puntos del dolor” se concentran más en lo cotidiano: alimentos, marcas, salidas y ropa. A lo que debe sumarse una mayor preocupación por la situación del empleo.

Sobreviviente de mil batallas, la clase media argentina, aun decepcionada y enojada, no solo le está dando pelea a la crisis, tomando el trabajo como escudo, sino que además registra ciertos aprendizajes que podrían ir más allá de la coyuntura y consolidarse como nuevos hábitos una vez que se supere la recesión.

El primero de ellos es el ahorro energético. El 93% reconoce haber cambiado sus conductas para ahorrar energía. Desde comprar lámparas led hasta apagar las luces al salir de un cuarto, usar el aire en 24 grados o calefaccionar las habitaciones donde hay gente en ese momento. En total, cinco acciones promedio por hogar. El segundo cambio tiene que ver con las marcas. Hoy ya no hay prejuicios ni dogmas. Se prueba lo que antes era “invisible”, y si supera el umbral mínimo de calidad, se compra. Las primeras marcas de consumo masivo cayeron 12% en el final de 2018 (fuente Kantar). En algunos casos hay vocación por volver a comprarlas y se las extraña. En otros, no. Juzgan lo que probaron como “suficientemente bueno”, y cuando tengan más dinero lo gastarán en otra cosa.

Se plantea un enorme desafío para las marcas líderes: cómo acompañar y estar cerca en la “mala” para no ser castigadas, o simplemente olvidadas, en la “buena”.

Cómo sigue, la gran pregunta

Esto es lo que ha pasado hasta ahora. Sin embargo, la pregunta que todos se hacen, y que genera mucha ansiedad, es otra. ¿Cómo sigue? La clase media no tiene ninguna duda. Interrogada en la encuesta que acabamos de cerrar en Consultora W sobre qué indicador le mostraría que estamos dejando la crisis atrás, el 42% afirma: “Que comience a bajar la inflación”.

Hoy al consumo le faltan tres cosas: plata, crédito y libido. El problema es que no compra el que no puede, lo que resulta obvio. Pero tampoco compra el que puede, lo que no es tan obvio. La prudencia, el miedo y la culpa no se llevan bien con el deseo. Sin pensar en ninguna “fiesta” ni “boom”, la conjunción de una mejora progresiva del poder adquisitivo con la llegada de los “sueldos nuevos” a la calle (mayo/junio), una inflación que aun siendo alta podría comenzar a moderarse (¿junio?), junto con nuevas medidas de estímulo al consumo tanto públicas como privadas -más descuentos, créditos, acuerdos de precios, cuotas, ofertas, promociones, Precios Cuidados, acciones conjuntas como el reciente ElectroFest o la Semana de la Moda- podrían hacer que el escenario comenzara a modificarse lentamente. Hoy, para vender, hay que dar.

Es sabido que la microeconomía sola no puede. Está fuertemente condicionada por la macroeconomía. En este sentido, tampoco el escenario de hoy parecería ser el de los próximos meses. Son varios los economistas que no dejan de señalarlo. Orlando Ferreres, Miguel Bein, Ricardo Arriazu y Miguel Kiguel, entre otros. Aun coincidiendo en que tampoco en la “macro” habrá ninguna fiesta, sí ven un contexto de “menos a más”. Ferreres prevé un crecimiento de 1,3% para el segundo trimestre y alrededor de 3% para el tercero.

Los pilares de la incipiente recuperación son la cosecha récord, que ya no es una promesa sino una realidad, el crecimiento de las exportaciones, la consolidación de Vaca Muerta y la mejora progresiva de la construcción pública: se despacharon 951.000 toneladas de cemento en marzo, un 16% más que en diciembre de 2018, que fue el piso. El índice Construya, que monitorea los insumos de la construcción privada, tiene un recorrido similar: lleva 3 meses consecutivos de crecimiento. Condición clave: dólar razonablemente tranquilo. Y que se frene la pérdida de puestos de trabajo.

Finalmente, ese “cómo sigue” general se abre en dos interrogantes específicos. Los empresarios se preguntan si mejorará el consumo. Y la política, tanto oficialismo como oposición, si mejorará el humor social. Las respuestas a ambas incógnitas están profundamente conectadas. El humor de la clase media mejorará cuando mejore el consumo. Y el consumo mejorará cuando la clase media tenga no solo más plata en el bolsillo, sino también más deseo que temor.

¿Sigue siendo la Argentina un país de clase media?

La pobreza en el país llegó al 32% y hay casi 2,7 millones de nuevos pobres

En estos momentos cuando las recientes cifras oficiales -desempleo, pobreza – mostraron nuevamente la fragilidad de la estructura social argentina, bien cabe tomar algo de distancia de la coyuntura para interrogarnos sobre qué país verdaderamente somos.

El primer punto a dilucidar es si u n país que tiene un 32% de la población y un 23% de los hogares que viven bajo la línea de la pobreza puede seguir siendo considerado un país de clase media. La respuesta automática de muchos sería muy simple: “No”. Lo cierto es que esa conclusión resulta, cuando menos, apresurada.

Las clases sociales expresan una configuración multidimensional. Contemplan una diversidad de aspectos que hacen a la identidad de los individuos. Educación, trabajo, ingresos, hábitos, consumos, vivienda, relaciones, herencia, geografía, lenguaje, códigos, símbolos, entre otros.

Salvo en situaciones de disrupción -como la hiperinflación de 1989 o el colapso 2001/2002, por ejemplo-, los movimientos en las capas que dan forma a la pirámide social son lentos. Así lo demuestra el índice de nivel socioeconómico elaborado por los expertos de Saimo, CEIM y la AAM. Entre 2011 y 2017, el peso de cada uno de los estratos se movió apenas algunas décimas.

Dicho de otro modo: a grandes rasgos, la estructura social argentina está congelada desde hace 8 años. Esta falta de cambios tiene una evidente correlación con una economía que en ese largo período tuvo cuatro años recesivos -2012, 2014, 2016 y 2018- y que, punta a punta, creció 0%.

Por su parte, yendo específicamente a la clase media argentina, su tamaño oscila entre el 44% y el 47% de los hogares del país desde 2007.

En cuanto a la pobreza, lo que muestran las estadísticas es que la Argentina tiene un problema de fondo que arrastra décadas. Según la serie histórica del economista Orlando Ferreres , en los años 70 no superaba el 4%, en 1980 era del 8% y en 1985, del 16%. El problema se hace evidente cuando hacia finales de los 80 los datos del Indec señalan que la pobreza ya era del 32% en 1988 y que llegó al 47% con la hiperinflación de 1989. Logró reducirse hasta el 16,8% en 1993, tras el inicio del régimen de convertibilidad (instaurado en 1991).

Pero luego volvió a crecer de manera exponencial, de la mano de la expansión del desempleo, para llegar al 26,7% en 1999. Alcanzaría niveles catastróficos del 54,3% en 2002, para luego reducirse rápidamente y llegar al 26,9% en 2006.

Siempre más pobres

De ahí en más, según la UCA, la serie estadística osciló en valores similares, pero ascendentes, llegando a 2015 con un nivel de 29,7%. Al recuperarse las estadísticas del Indec en 2016, la primera medición arrojó un guarismo aún más alto: 32,2% de las personas y 23,1% de los hogares eran pobres. Luego se reduciría hasta el 25,7% de las personas y el 19,6% de los hogares en el segundo semestre de 2017.

Finalmente, la reciente crisis económica, tal como se acaba de publicar oficialmente la semana pasada, haría crecer nuevamente la pobreza hasta el 32% de las personas y el 23,4% de los hogares en el segundo semestre de 2018. Prácticamente los mismos valores de 2016 y de 1988.

Que hoy estemos en el mismo punto que hace 30 años muestra a las claras la magnitud del problema, lo traumático que resulta y las enormes dificultades para resolverlo.

La conclusión evidente que arroja el análisis de los indicadores sociales en una perspectiva amplia es que desde hace muchos años nuestro país no es “un país”, sino que conviven “varios países” en un mismo territorio. La Argentina extravió la característica de aquel cuerpo colectivo homogéneo que la distinguía de América Latina y adquirió un progresivo nivel de fragmentación social, que terminaría coagulándose hasta volverse estructural.

Esta es la realidad que hoy vivimos y que complejiza no solo el análisis, sino también el proceso decisorio, impactando tanto en quienes tienen que decidir inversiones como en aquellos que deben definir políticas.

Es cierto que el país tiene una acuciante, dolorosa y muy preocupante fragilidad social que oscila desde hace años entre el 25% y el 33% de sus ciudadanos bajo la línea de pobreza. Eso no quita, por otra parte, que, a pesar de ello, siga teniendo una de las clases medias más importantes de la región: 45% de la población. Aún supera el promedio regional que, según la OCDE, en 2017 era del 35%. Con una diferencia: los países vecinos vienen de menos a más. En 2000 la clase media era 21%.

Respondo entonces al interrogante: sí, a pesar del alto nivel de pobreza existente, y aun habiendo sufrido un largo proceso de degradación, la Argentina todavía puede seguir siendo definido como un país prototípicamente de clase media. Y allí radican tanto uno de sus principales activos como uno de sus grandes desafíos.

Debe hacerse la salvedad, no menor por cierto, de que ahora la lógica de clase media que alguna vez fue dominante en la sociedad se articula y tensiona cotidianamente con la de la más extrema fragilidad. Las dos son parte de un mismo todo.

Autopercepción, la clave

La idea del ADN de clase media que resiste y permanece vigente gana densidad cuando indagamos en la autopercepción. Si bien el 45% de la población técnicamente puede definirse como de clase media, en función sobre todo de su empleo y su nivel educativo -lo que correlaciona fuertemente con su nivel de ingresos-, el 82% cree pertenecer a este grupo.

Nuestro potente imaginario de clase media no es un invento narcisista, sino el resultado de la memoria reciente. La Argentina supo ser un país donde más del 70% de la población era de clase media. Las primeras mediciones del Indec, de 1974, lo confirman. Y eso quedó grabado a fuego en el ser nacional.

De ningún modo puede tratarse a la clase media como un todo homogéneo. Hay varias, por lo menos dos: la media alta y la media baja. Tampoco puede pensarse el presente bajo los parámetros del pasado. En Historia de la clase media argentina, el historiador Ezequiel Adamovsky observa que “allí donde existe, más que una clase social unificada por sus propias condiciones objetivas de vida, es un conglomerado de grupos diversos que han adoptado una identidad subjetiva de clase media, es decir, que piensan de sí mismos que pertenecen a la clase media. Más que nada la clase media es una identidad que se fue abriendo paso poco a poco y que se apoyó en una serie de valores, ideas e imágenes de la sociedad argentina”.

En nuestro país, la clase media es mucho más un “deber ser” y un “querer ser” que una comunidad específica y fácil de definir. Esta idea potente y vigente del ser nacional condiciona todo.

Señala la OCDE, en su informe Perspectivas económicas de América Latina 2018, que los países vecinos se enfrentan ahora a dificultades que en la Argentina se conocen desde hace rato.

“La expansión de la clase media ha sido una de las principales transformaciones de América Latina en los últimos años y ha traído consigo un cambio de expectativas, aspiraciones y demandas que explica en gran manera la actual insatisfacción en la región”.

Está claro: la clase media, por naturaleza, es exigente. Su vocación, inherente a la movilidad social ascendente, es ir hacia arriba. Y su permanente temor, también hijo del proceso que la vio nacer, es volver a caer.

Aquí radica entonces la enorme complejidad que “el país que contiene varios países” les plantea a los decisores este año. Tanto a quienes buscan seducir a los consumidores como a los que pretender interpelar a los ciudadanos.

Deseos cada vez más homogéneos y demandas crecientes, ambos potenciados por la transparencia que introdujeron las redes sociales, con bolsillos estresados por la pérdida de poder adquisitivo y estructuralmente fragmentados.

En definitiva, una profunda disociación entre aspiraciones y posibilidades.

Impacto de la inflación: “Cambio de hábito de empresas y consumidores por la crisis”

El deterioro del consumo masivo como producto del poder corrosivo de la inflación, traza un escenario de cambios en este primer semestre del año, tanto para las empresas como para los consumidores. Las crecientes compras de productos a granel, el abandono de primeras marcas por aquellas más económicas y la pérdida del poder de compra en los niveles socioeconómicos más bajos, son algunas postales que se acentuarán en los próximos meses, según los expertos.

A su vez las empresas achican el tamaño de sus productos y cambian el tipo de envase, entre otras medidas, para abaratar costos.

Claramente, “la inflación en las góndolas y los aumentos en las tarifas marcan un presente en el que sin duda el bolsillo es cada vez más el protagonista”, dice Mariela Mociulsky, directora de la consultora Trendsity. Por otro lado, “el contexto actual reactiva fantasmas conocidos. La temida suba del dólar se relaciona históricamente en la mente de los consumidores con inestabilidad, crisis y ansiedad hacia un futuro desconcertante”.

“Si veníamos con un consumidor cuidadoso, austero, prudente, preocupado por la suba de tarifas (aunque también con expectativas de que los cambios fueran positivos más adelante) hoy se suma la inflación, más aumentos posibles de servicios y de medios de transporte. La suba del dólar, siempre hace que el consumidor más prudente extreme sus medidas y esté mas desesperanzado”, dice.

En este contexto, según Mociulsky “se observa también, la fragmentación de canales a la hora de la compra: conviven ferias de barrio, distribuidores, se revaloriza más lo usado, hay más compras de cercanía, mayoristas y compra suelta según convenga en cada caso, siempre hablando de los estratos que pueden consumir”, aclara.

Según los datos que maneja Juan Manuel Primbas, analista de Kantar Worldpanel, “todos los niveles sociales retrajeron su consumo pero el bajo superior (que concentra el 33% de la pirámide social) arrastra una pérdida importante de su capacidad de compra”, dice. Otro dato que arrojan los últimos sondeos de la consultora es que, el estrato bajo inferior (17%) acusó una caída en el volumen de consumo del 11%, en el trimestre que va de noviembre de 2018 a enero de este año. Mientras en el segmento medio, la caída promedió el 6% y en el alto, el 5%.

Respecto de este tema, Mociulsky dice : “estamos acostumbrados a sufrir tensiones fuertes cuando se siente la amenaza de perder lo conseguido, fundamentalmente las clases medias, oscilan entre la nostalgia del “haber sido” versus el “seguir siendo”. Entonces, recurre a aprendizajes, que se activan especialmente en momentos adversos”. Aparecen los temores más claros a perder lo que se consiguió en términos de educación, salud, etc. La posible pérdida de empleo, la pérdida de ahorros o el tener que recurrir a ellos, genera un proceso de re evaluación constante sobre lo que es imprescindible o prescindible. “Pero en los niveles más bajos, la preocupación real es pasar el día a día. No hay para planear estrategias.

Estos estratos (bajos) declaran que no vislumbran la posibilidad de recuperar capacidad de consumo mientras que la clase media muestra más preocupación en torno a la inflación, el desempleo, el cierre de fuentes de trabajo, incrementos de impuestos, aumentos de tarifas y pérdida de status. Lo ejemplifican con no poder mantener actividades extra escolares de los hijos, mandarlos a la colonia de vacaciones, restringir salidas, recortar gastos en indumentaria, cambiar de planes de medicina prepaga, esparcimiento como ir al cine o el teatro, comer fuera de sus hogares, etc.

¿Se puede ver algún otro impacto en los consumidores vinculado al año electoral?

-En la percepción de los consumidores, todavía no está claro el escenario de opciones de candidatos ni de las acciones que cada uno llevaría a cabo, o qué se puede esperar de cada uno, los próximos meses serán decisivos. Existe un desencanto generalizado que dificulta la prospección, dice la analista de Trendsity.

Clarín

“Los supermercados, en modo supervivencia: apuestan todo a las promos y a las marcas B”

Los supermercados, en modo supervivencia: apuestan todo a las promos y a las marcas B

Si en épocas de crecimiento de la economía, las promociones servían para fidelizar clientes. Ahora, esa misma estrategia es el camino que tienen que seguir los supermercados para sobrevivir, en un contexto donde el consumo no para de caer.

Esta estrategia fue importante para sostener un poco las ventas, pero no fue sufuciente: en 2018 se produjo una caída del 1% respecto del período anterior, con un último trimestre en el que se profundizó la baja, del orden del 4%, un comportamiento que -aseguran los expertos- se mantendrá en la primera mitad de este 2019.

La comercialización de productos no alcanzados por promociones viene de caer un 6% en los últimos tres meses de 2018, es decir, 2 puntos por encima del nivel general. ¿Cómo les fue a aquellos bienes que sí estaban atados a algún tipo de descuento? Avanzaron 15 puntos, de acuerdo a datos de Kantar Worldpanel.

Esta es la razón por la cual, para este año, se prevé que esa estrategia continúe ganando terreno entre las cadenas. Pero no con la aspiración de crecer, sino con el objetivo apenas de sobrevivir.

“Para los hipermercados y supermercados, las promociones fueron la única herramienta que les permitió sostener un poco las ventas. Pero no fue suficiente para llegar a compensar la caída del consumo, especialmente en la segunda mitad de 2018”, dijo a iProfesional, Daniel Mamone, director de desarrollo de clientes deKantar Worldpanel.

En cuanto al comportamiento de los consumidores, Facundo Aragón, gerente de Nielsen Argentina, sostuvo que es cada vez mayor el conocimiento sobre las fechas y los súper en las que se aplican, en un contexto en el que se busca lograr un mayor ahorro.

De hecho, nueve de cada 10 consumidores declaran ver influenciada su elección de compra por las ofertas, indicó un informe de Datos Claros.

La oportunidad de ahorro es la variable que más pesa al optar por una promo. Le sigue el tamaño del producto o cantidad de unidades a adquirir y, en tercer lugar, la marca.

“El consumidor siempre prefiere el mayor descuento. Y, en segundo lugar, se advierte que está dispuesto a cambiar de marca”, señaló Mara Gitelman, directora comercial de Datos Claros.

A lo largo de los años, los clientes de las grandes superficies ejercieron un aprendizaje tal sobre estas estrategias comerciales que ya tienen claro cuándo vienen los descuentos de los pañales y cuándo los de congelados. Y así se mueven a través de las diferentes categorías.

Las promociones se llevaron el mayor esfuerzo de parte de las cadenas para mantener vivas las ventas. Cuando se evalúan las publicaciones que realizan las cadenas, se advierte que se llevan el 27% de la participación en la difusión de sus ofertas, de acuerdo a Datos Claros.

Le siguen las rebajas con tarjetas de afinidad, en un 14% y el descuento en la segunda unidad, como también en el “multi-buy” (2×3, 4×3, etc), que totaliza un 10% en el total de publicaciones.

Por eso, las promos permitieron que algunas categorías o no cayeran tan abruptamente como lo hizo el consumo masivo en general o, inclusive, registraran crecimiento.

“El año fue negativo para todos los rubros. Y esta situación se mantendrá porque nada hay en el mercado que indique se va a reactivar el poder de compra de la gente. Los supermercados no van a salir de esta estrategia porque, si no, van a perder”, señaló el ejecutivo de Nielsen.

Todo esto, aun cuando también signifique que las empresas deban resignar rentabilidad.

Desde Kantar, en tanto, coincidieron en señalar en que estas iniciativas tienen garantizada larga vida.

“La promoción es una herramienta muy usada y, desde su lugar, permitió atenuar la caída de las ventas. No se van a desactivar”, subrayó Mamone.

Como se mencionó anteriormente, en 2018 la demanda de bienes atados a estas estrategias se incrementaron 15 puntos. Incluso más: el ticket bajo promoción resultó ser 36% más alto que aquel que no la tiene.

Esta es la razón por la que los canales acelerarán la propuesta del descuento en sus diferentes formas, sea a través de la opción multi-buy, por el descuento en la segunda unidad o, incluso, mediante el “regalito” asociado a la compra de determinado producto, como ocurre con vincular papas fritas con gaseosas o aperitivos.

Demanda “low”

Lo que notan los expertos es que los consumidores se atreven a probar cada vez más con segundas marcas, incluyendo las del supermercado y las llamadas “low cost”,como denominan en Kantar a aquellas pertenecientes a fabricantes más pequeños.

Respecto de las que llevan el logo de los súper, como Carrefour, Jumbo, Coto y GreatValue (Walmart), las cadenas  proponen ofertas agresivas sobre sus propios artículos.

Es la razón por la que la participación de estas marcas viene creciendo de manera sostenida en el mix de productos.

Hasta septiembre de 2018, los artículos con sellos de supermercados habían alcanzado un 16% de participación en el mix total. Todo un avance contra el 11% que habían logrado en 2017. Una muestra de cómo se fue fortaleciendo ese segmento en los últimos tiempos.

De hecho, Carrefour viene ejecutando desde hace un año y medio la campaña Precios Corajudos, mediante la cual congela los valores de los productos propios por períodos que van de tres a cuatro meses, una estrategia que se va renovando cada vez que la promo termina.

“Las cadenas le dan más importancia. En el último año se vio que desarrollaron categorías que hasta ahora no tenían. Esto permitió que los consumidores encontraran muchas más alternativas”, agregó Aragón.

Las marcas propias no fueron, sin embargo, las únicas que se mantuvieron con buen desempeño. Las llamadas “low” también se movieron en el mismo sentido.

“Hubo productos y categorías que lograron espacios de crecimiento, y fueron aquellas que pudieron combinar la accesibilidad, más la marca, el ticket y el canal adecuado”, sostuvo Mamone.

Se trata de aquellos productos que salieron con packaging o envases más pequeños, con costos que resultaron accesibles para los consumidores y con buena distribución.

Desde Kantar indicaron que las terceras marcas, de bajo precio, acumulan seis trimestres consecutivos de crecimiento, mientras las más reconocidas caen en todos los sectores.

De modo que, aunque hay retracción de consumo, también surgen nuevos comportamientos, atados a la innovación, sea por la propuesta, la calidad o el precio.

Así, una vez que el consumidor probó una nueva marca y le cerró la ecuación precio-calidad, la adoptará para sus futuras compras.

Todo esto sin olvidar la promo. El saber de antemano cuándo habrá descuento, más el conocimiento de determinados productos nuevos llevan al consumidor a realizar la llamada “compra inteligente” que da lugar al “consumo fragmentado”.

Lejos quedaron aquellos tiempos en donde la familia llenaba el changuito. Ahora se adquiere lo que se necesita en el momento en el que aparece el valor más conveniente y a través de distintos canales: supermercado, almacén del barrio, mayorista e, incluso, Internet.

“El consumo es fragmentado porque, desde el lado de las marcas, ya no hay una sola fórmula para crecer, tanto en términos de innovación como de calidad. Las empresas tienen que ir a un lugar más incómodo”, sostuvo Mamone.

Ecolatina junto a Kantar pronosticaron que en 2019 el consumo caerá 1,5% como resultado de un primer semestre con una retracción prevista de 6,2% para el período de enero a marzo, y de 3,1% para el lapso de abril a junio. Una leve recuperación, de 1,2%, recién llegaría sobre el tercer trimestre.

Y si ese crecimiento se da, los consumidores ¿volverán a las primeras marcas y olvidarán las promociones? En principio no. Ese consumo inteligente, una vez adoptado, se queda.

Puede que algunas categorías valiosas para los compradores los motiven a volver asu producto favorito, pero en aquellas donde adviertan una buena relación precio-calidad se mantendrá su preferencia.

Así, los supermercados deberán aplicar nuevas estrategias para seguir avivando ventas. Para sobrevivir en contextos  recesivos y de caída de consumo como el actual. Para ganar fidelidad en un escenario más optimista que no se sabe cuándo ocurrirá.

Iprofesional

“Por la superposición de promociones, ser un consumidor inteligente es cada vez más difícil”

Mirada atenta, calzado cómodo, el cuerpo en forma para afrontar horas de esfuerzo. Calculadora en mano. Neuronas frescas. Una lista de imprescindibles. Antelación, astucia y memoria comparativa se ponen en juego: gana el mejor. Todo listo para cazar el changuito.

El supermercado argentino de hoy representa una carrera de inteligencia que demanda consumidores ubicados en alguna de estas dos actitudes. De un lado, los que aceptan “lo dado”: compran lo que quieren en el lugar que les queda cómodo, el día que se les canta, al precio que toca y chau. Lo hacen porque pueden -no necesitan ahorrar- o porque tienen seteada la cabeza en modo “antiestrés”. Priorizan el confort y admiten: llegado el caso, nadie se muere por incurrir en el clásico arroz-polenta-fideos.

La segunda actitud quizás convoque más adhesiones. Son los estresados de siempre. Buscan el precio justo, genuino, y sienten un placer especial -incluso cierto regodeo- si logran aprovechar el abultado schedule de ofertas de los supermercados: el lunes, descuento acá; el martes, allá, si sos jubilado; el sábado, sólo con tal banco o tarjeta de fidelidad. El domingo, con débito. Otras veces, con crédito. Y el ahorro es en línea de cajas o por devolución, caprichos que exceden toda capacidad de entendimiento.

Sin embargo, el delirio por intentar mejorar ese 15% de descuento que ya se convirtió en la base de todo cálculo, no les representa ningún sometimiento. Estirar el sueldo; esa es la cuestión.

Carteles de ofertas en la fachada de un supermercado porteño. Foto: EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Mariano Otálora, director de la Escuela Argentina de Finanzas, describió este contexto: “Hubo una caída fuerte del consumo y no es cierto que la gente haya migrado a los mayoristas. Sólo compra lo imprescindible porque llenar el changuito es caro y está estudiado que mientras más tenés, más consumís. Si en tu casa hay tres tipos de jamón y dos quesos, los comés. Si tenés sólo un queso, te conformás”.

Agregó que “la fidelización de las marcas parece haberse terminado. El fenómeno que se dio es que los supermercados empezaron a ofrecer cada vez más descuentos y ya no pueden volver atrás. Lo que no es oferta no seduce”.

Los descuentos son un analgésico con gran efecto placebo frente a la remake de la inflación argentina. Lo que sigue es conocido por todos: elegir un changuito (“a veeer las rueedas…”) y caminar en dirección al salón de góndolas. Ahí los ves: no uno, no dos sino trece paneles verticales con ofertas grandilocuentes. Debajo, la letra chica.

Algunos exhibidos en un súper de zona sur decían: “70% en la segunda unidad en vasos, platos y copas”, “30% en herméticos, frascos, baúles plásticos”, “12 cuotas sin interés en neumáticos y baterías, camping”, “2×1 en cobertores, “40% + 6 cuotas sin interés en muebles de jardín”, “3×2 en gaseosas, cervezas y jugos” de ciertas marcas y hasta “4×2 en donas de elaboración propia”.

En otra cadena, el tono era: “¡Imbatible!”, “enero regalado: un mes con precios derretidos”. Y, la letra chica: “Sólo con tarjeta equis”, y “en tal sucursal” o “en un pago, tope de reintegro 500 pesos. No incluye electro”.

Según un estudio reciente de la consultora Kantar Worldpanel, los productos en promoción representan el 22% de lo que se gasta en el súper en el área metropolitana de Buenos Aires.

De esto, Otálora dio un ejemplo: “Antes nos parecía raro eso de los descuentos, pero ahora es moneda corriente. Y cada vez hay más promociones, como pasa con los lácteos, yogures y leches, que hasta hace poco no existían en promoción y ahora se ven todo el tiempo”.

Hasta acá suena bien. Pero quien haga seguido la experiencia de las góndolas seguramente se habrá preguntado esto alguna vez: los carteles con ofertas que cuelgan de los techos o llaman desde los anaqueles con colores y flechas llamativos, ¿reman siempre a favor del consumidor o a veces le juegan en contra?

Según Osvaldo Bassano, presidente de la Asociación de Defensa de los Derechos de los Usuarios y Consumidores (ADDUC), “aunque desde la bancarización muchos descuentos con tarjetas son beneficiosos, también se generaron mecanismos que no siempre benefician a las personas, y sí a las empresas. El consumidor a veces queda desamparado frente a descuentos que no comprende. Recibimos muchas quejas porque a veces  los precios en góndola no se reflejan en línea de cajas”.

Y así llegamos a otra foto típica: de cara a docenas de botellas de agua mineral, te exprimís el cerebro en busca de alguna lucidez matemática: “Me llevo cuatro al precio de tres, ok. Si cuatro cuestan equis, una cuesta…. Ok, ok. Entonces, si una cuesta equis y trae 2,25 cm3, por litro estaría pagando… mmm”.

Evitemos el asunto del papel higiénico, sinsabor a prueba de ahorristas. Porque unas marcas detallan el precio por metro cuadrado; otras, por metro lineal. Otras, por rollo. Otras, por paño. Agotador.

Ximena Díaz Alarcón y Mariela Mociulsky, directoras socias de Trendsity (consultora especializada en investigación de mercado, tendencias e innovación a nivel regional) describieron la fatiga que viven hoy muchos argentinos: “El tema del smart o clever shopper, el consumidor que busca ofertas y entiende que debe ser inteligente para entenderlas, lo vemos en todos los niveles socioeconómicos. La tendencia se fue acrecentando mucho en los últimos años. Ser un consumidor atento, que no pague de más, es un valor. Y los argentinos, por los procesos inflacionarios, tienen un gran ejercicio en esto”.

Los supermercados asumen su parte. Desde Carrefour aseguraron que “el cliente es más racional, por lo que en la compañía está habiendo un cambio cultural, en tren de simplificar nuestras acciones y promociones”. Y detallaron: “Ahora congelamos los precios de 1.300 productos hasta el 31 de marzo. Esto se suma a Mi Carrefour, un programa de fidelidad en el que quienes se suman tienen la chance de encontrar un precio alternativo, visible en góndola”.

En Walmart explicaron que buscan salir del esquema de los “descuentos por evento”: “Identificamos un cambio en la actitud en los clientes sobre las promociones y descuentos. Por eso en julio de 2017 presentamos un nuevo sistema de precios, a fin de ofrecer el precio más bajo del mercado, todos los días, y así ir saliendo del esquema de descuento por evento, lo que nos permite comunicarlo de forma simple”.

¿Habrá un manual universal para hacer las compras inteligentemente? Por lo pronto, Otálora ofreció un buen consejo: “Planificar. Si hoy te pregunto cuánto gastás en el súper por mes, seguro no tenés idea. Planificar las comidas y todas las necesidades es lo mejor. Y si tenés dificultades para llegar a fin de mes, armarte una ingeniería distinta. Cada uno sabe bien adónde le aprieta el zapato”.

Diez estrategias útiles para hacer las compras

Por Osvaldo Bassano, presidente de la Asociación de Defensa de los Derechos de los Usuarios y Consumidores (ADDUC)

1. Hacer la lista de las compras ayuda a enfocarse sin tentarse frente a productos innecesarios.

2. Evitar comprar productos si no es posible comparar el precio por litro, kilo o unidad, según corresponda.

3. Atención con los productos en punta de góndola: tientan pero no siempre son los más convenientes.

4. También suelen estar a la altura de los ojos las marcas que se intenta imponer. No siempre son convenientes.

5. Mirar las segundas marcas: las empresas que fabrican y envasan muchas veces son las mismas y los precios suelen ser menores.

6. Conviene buscar los “precios cuidados”. No siempre es sencillo, pero suelen estar ahí, en algún lugar de la góndola.

7. A quienes les cuesta llegar a fin de mes -y en el contexto inflacionario-, comprar para más allá de una semana no es conveniente. Mejor es pensar las comidas de cada día y comprar en función de ese plan.

8. Los productos frescos (verdulería y carne) conviene comprarlos en comercios especializados en esos rubros.

9. Para algunos productos, los mayoristas son una buena alternativa, si se comparte con dos o tres familias.

10. Los supermercados ofrecen descuentos muy interesantes. En las promociones bancarias con tarjeta de crédito, chequear que el descuento se haya hecho según lo prometido, sin cargos extra. Siempre leer la letra chica.

Clarín


Autor

Emiliano Schwartz

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